el Crevillent que vivimos, Carlos Guilabert Maestro
En el nº 100 de esta publicación VicentJosep Pérez Navarro se refería al triste accidente ocurrido en la fábrica de la Goma en el año 1946. Gracias a su recuerdo recuperé de la papelera de los olvidos algunas de las secuencias de mis lejanas vacaciones escolares.
Durante la infancia y juventud de mi generación la semana laboral era de seis días, porque se llegó a prohibir y denunciar que se trabajara en domingos y festivos. Por motivo de la situación social y económica de la época el trabajo era, en la mayoría de los casos, más que un hábito una necesidad. De ahí que mis padres, durante las vacaciones escolares, se ocuparan en todo momento de buscarme cualquier ocupación, en el ámbito familiar o fuera de él, para que no “holgazaneara”. Jugar sí, me decían, pero a su hora y no en todas las horas del día.
Casi siempre mi padre tenía algunos trabajos que reservaba para cuando no tuviera que ir al colegio, con el fin de contar con mi colaboración. Uno de ellos consistía en repasar las canaleras de la fábrica de la Goma y el otro reparar los moldes de la fábrica del Testa. Además de ayudar a mi padre en esos menesteres tuve otras diversas ocupaciones. Todo un verano estuve vigilando una viña en la partida rural del Boch. Mi cometido consistía en espantar los pájaros para que no comiesen las uvas de la cosecha. Otro verano acompañé al pastor Fernando de la calle Villa con su rebaño de cabras. En este caso me ocupaba de repostar agua fresca en las cantimploras cuando nos encontrábamos cerca de alguna vivienda de campo a la que me acercaba para pedir que me las llenasen del aljibe que las casas siempre tenían. Entre otras ocupaciones “a tiempo parcial” recuerdo en especial el día en que fui a coger garrofas con el “tio” Cacharrero o D.Vicente Martínez primero, como le gustaría que le recordase.
Por ajustarme a la brevedad de mis colaboraciones comentaré tan sólo la primera de las diversas actividades vacacionales, que tiene relación con el comienzo del escrito.
La cubierta de la fábrica de la Goma la formaba una serie de tejados de poca pendiente, con diversas alturas y orientaciones, entre los que estaba instalada la red de canaleras que conducían el agua de lluvia a los boquinetes de bajada. La instalación o reparación de las canaleras hechas de cinc la hacía mi padre desplazándose por dichos tejados y yo le acompañaba para calentar los soldadores. Para ello se utilizaba una especie de hornillo metálico, ligero y fácil de transportar, alimentado con carbón en cuyo brasero se calentaba el soldador compuesto por una varilla de hierro con mango de madera en un extremo y una pieza de cobre incrustada en el otro que derretía el estaño y al que se adherían las gotas que se aplicaban a la soldadura. Mi aportación consistía en avivar las brasas con un fuelle para calentar el soldador que intercambiaba con el de mi padre cuando se le enfriaba otro. En 1946 yo tenía catorce años y me impresionó la noticia al recordar que dos años antes había estado por encima del tejado donde estaban instaladas la caldera o calderas de vapor.
La fábrica de la Goma se encontraba en las afueras del pueblo, formando esquina con el comienzo del llamado camino de la estación (hoy carretera). En la fotografía actual marco donde mi memoria sitúa aproximadamente la puerta de entrada a la fábrica. La avenida de San Vicente Ferrer y Ronda Sur eran entonces campos de cultivo y arbolado.
Cuando en la otra fábrica, la del Testa, mi padre reparaba los moldes de pintar alfombras le ayudaba de igual forma. Cuando una de las mujeres “pintoras” me vio utilizar el fuelle se acercó y me dijo “chiquet, no fa falta que bufes” (niño, no es necesario que soples) y me descolgó una de las mangueras conductoras del aire comprimido que las mujeres empleaban conectadas a las “pistolas” de pintar en la sección donde nos encontrábamos, al fondo del patio después de la entrada a la fábrica. El manejo de la llave de paso del aire comprimido suplía con creces el empleo del fuelle y era mucho más divertido.