Recuerdos de mi Crevillent, por José Ramón Urbistondo Ferrández
Cuando de pequeño llegaba del colegio a casa, a principio de los 60, sabía que alguien había llegado de Crevillente solo con el olor a dulces y embutidos. Después, siguiendo las voces de mi abuela María Manchón Alfonso “La Surda”, La tía Concha, La Tirora, su hija… Y alguien más poniéndose al día de los últimos acontecimientos del poble.
Foto de minutero de mitad de postal sobre 1918 en las fiestas de san Antonio de la Florida de izd. a der.: la tía Isabel, el tío Manuel, la prima Asunción la Pitusa, la prima Isabel y la yaya María y el abuelo Antonio recién llegados de Crevillente. En el detalle del dibujo se aprecia posiblemente la chimenea de la fábrica de Mahou.
Mi madre y la prima Isabel 1927 en las Fiestas de Otoño, delante del monumento a Cajal de Victorio Macho en el Retiro, con sus mantones de Manila preparadas para la batalla de flores.
Aunque no entendía mucho, lo que decían me parecía una fiesta. Cierro los ojos y parece que todavía las escucho y el recuerdo de esos maravillosos olores se ha quedado en mi memoria olfativa.
Eso se extendía a la calle, pues vivían relativamente cerca, tíos, primos y vecinos del pueblo en una zona de Madrid cercana a la carretera de Levante. Y así durante varias décadas, parecía un pequeño Crevillente.
A partir de mediados de los 50, cuando mis hermanas y yo fuimos tomando conciencia del día a día, sentimos que los abuelos siguieron con muchas de sus costumbres en las comidas o en la música, haciendo que el día pareciera el doble con los madrugones y las fiestas.
Un hermano del Abuelo Antonio primero a la izquierda recibiendo el correo, me imagino la caja con mantecados.
Los primos de Sète, de pie junto a mi madre José Santacruz Manchón y sentada con la yaya su hermana Isabel en 1982.
Una de las fechas clave del año era la Verbena de San Antonio de La Florida. Ese día se reunían muchas familias de crevillentinos para disfrutar en la Pradera. Era un día grande y a parte de la verbena de La Paloma y San Cayetano, otras eran las fiestas de Otoño, a mediados de octubre, que duraban dos semanas, con El Retiro como uno de los protagonistas. Allí, en el paseo de La Chopera y aledaños, disfrutaban de los festejos los diferentes distritos.
Uno de los primeros en llegar antes de los años veinte y establecerse fue un hermano de mi abuelo, el tío Paco (Francisco Salvador Ferrández Candela) y nada menos que en la castiza calle de la Ruda, pequeña, difícil y con mucha vida, donde años antes las mujeres que vendían productos de las huertas cercanas junto con las verduleras del Mercado de la Cebada, dieron el conocido Motín de la Alcachofa.
A los pocos años, el tío Paco se trasladó con su mujer a la calle San Vicente y pusieron un quiosco de horchata cerca de la Plaza de Legazpi.
Después fueron llegando en 1918 algún Curro más, el tío Joaquín, mi abuelo Antonio con la yaya María sus hermanas ya estaban en Madrid, la tía Isabel con su marido Manuel Giménez y la tía Teresa con un Santacruz que eran vecinos de los abuelos en la calle Hermosilla. Estos últimos emigraron más tarde a Sète (Francia), aunque los hijos y nietos siguieron viniendo a vernos hasta entrados los años ochenta.
También venían de vez en cuando de los Ferrández Candela, Los Curros, el Tío Emiliano, la Tía Aurelia, el Tío José y el Tío Manuel.
Yaya María de novia antes de 1920.
José Manchón padre de la yaya María.
La transmisora de historias de estos crevillentinos fue mi madre, María Isabel Ferrández Manchón, que falleció en medio de esta tormenta (la pandemia) que estamos viviendo y estaba a punto de cumplir los 100 años. El dolor de no poder acompañarla, se ha mitigado en parte al recordar su cara de felicidad cuando nos narraba anécdotas de la familia.
Nos contaba que un día estando en Crevillente, el abuelo Antonio acompañaba a un hermano, estaban haciendo el reclutamiento para ir a Marruecos, con el consiguiente reconocimiento y clasificación de los mozos que estaban en la lista. Cuando estaban en la fila, escucharon cómo iban preguntando por el nombre y apellidos, uno de ellos que iba delante cuando le tocó el turno contestó: “Apunte, Gorrió, que luego vindrà mon pare”. Esta expresión la decía mi madre en algunas circunstancias y le resultaba entrañable.
Otro día paseando el abuelo con mi madre de pequeña, ya en Madrid, por el cruce de la calle de Alcalá con Goya, vio que se estaba arremolinando la gente. Un carretero estaba tirando de las bridas de la burra, que ya mayor, no se podía levantar del suelo; todos los esfuerzos eran inútiles.
De pronto un hombre apareció apartando a la gente abriéndose paso mientras decía, “a ver, déjenme a mí”. El abuelo miró a mi madre y le dijo “mira, ahí está el que levanta la burra”. Esto ha quedado en la familia como antecedente del enterado de todo.
El autor de este artículo nos dejó el pasado 2021 pero preparó algunos artículos que publicamos con todo el cariño en su homenaje y cumpliendo su voluntad.