Recuerdos de mi Crevillent, por José Ramón Urbistondo Ferrández
Los ventiladores giraban lentamente sobre las cabezas. A la izquierda, la gran pared de espejos y al fondo mi rincón al lado del servicio de camareros y de Carmencita la cajera. Sin quitarme el abrigo miro la plancha que no da abasto con las meriendas, el olor a mantequilla, los bollos de la Suiza, Hontanares y sobre todo la horchata y los helados.
Al principio de la barra algunos personajes de la tarde madrileña, como un famoso cirujano que, con algún Daikiri o un Manhattan…, hacía tiempo para que despareciera el temblor de sus manos y cuando le avisaban por teléfono, se despedía y a operar en su cercana clínica del centro de Madrid.
Por las mañanas, el montacargas no paraba de subir raciones y platos de arroces, pescados, etc. Lo más rico de la cocina crevillentina. Y también horchata, agua de cebada, helados de mantecado que hacían mi abuelo Antonio Ferrández Candela “el Curro” (foto 2) y mi abuela María Manchón Alfonso “la Surda” (foto 3).
Durante más de treinta años, todos los días, muchos empleados de los bancos cercanos, funcionarios y trabajadores de tabacalera desayunaban y al medio día tomaban raciones en la cafetería. Esta ocupaba un pequeño espacio, antes de que, en esa manzana, se hiciera la ampliación de lo que es hoy el Banco de España.
La cafetería estaba situada en la calle Marqués de Cubas, número 3. El edificio “tenía una historia” antes de que lo adquirieran mis abuelos en los años 30. Con una sola planta, techos altos y un gran sótano, había sido la editorial Mateu e hijos (ver foto 4) que tenían la imprenta y los talleres en el cercano Paseo del Prado.
“Cuenta el escultor Victorio Macho, discípulo de Benlliure, en sus memorias, que quedó con Benito Pérez Galdós -foto 5- (a quien le unía una gran amistad) y el poeta Emiliano Ramírez Ángel para asistir a la inauguración del Salón de la Editorial y Librería Mateu en 1919. Fue en ese lugar donde el propio Ramírez Ángel, los hermanos Quintero y el novelista Andrés González Blanco, le expusieron la idea de que el busto que le había hecho en San Quintín (que era la casa que el novelista tenía en Santander) se hiciera en mayor tamaño, para instalarlo en el Parque de Retiro”. Cuentan las crónicas de la época que al estar Pérez Galdós prácticamente ciego paso las manos por el rostro de la estatua y se maravilló. El escritor moriría un año más tarde.
5.- Victorio Macho y D. Benito Pérez Galdós posan en el monumento al escritor antes de inaugurarlo. Fue prácticamente su última salida. Imagen de la red.
6.- Mi hermana Maribel con el tío Enrique en la Cafetería en 1951. El nombre de Isabel era una tradición de la familia en Crevillente, desde hace muchas generaciones.
Este pequeño edificio contrastaba con sus vecinos por un lado en el número 1, el Palacio de Lorite (foto 7), sede del Banco Pastor, que hacía esquina con Alcalá (fue derribado en 2003) y que antes en 1870 cuando la calle se llamaba “Del Turco”, fue un caserón que albergaba en su planta baja la taberna de donde salieron los que atentaron contra el General Prim, aunque su final fue en el cercano palacio de Buenavista en Cibeles (un crimen todavía sin resolver). En esta taberna, el periodista Joaquín Dicenta (el primero de la saga), escribía sus crónicas entre tinto y tinto para El Liberal.
En el número 7 de la calle estuvieron la redacción y las rotativas del Diario El Liberal y El Heraldo de Madrid. Este último lo adquirieron los hermanos Busquets que se lo trajeron para confeccionarlo en el mismo edificio. Durante la II Republica fue uno de los principales defensores de ésta y el rotativo vespertino de mayor tirada, teniendo que instalar la redacción en una hermosa “sala de honor”, situada en los bajos del contiguo número 5, para protegerlo de los bombardeos durante la guerra civil. Cada vez que sonaban las sirenas mis abuelos cerraban y buscaban refugio bajando por la cercana boca de metro de Banco de España.
Y en el número 11 estaba la fábrica de alfombras José Suárez, que en 1935 se convertiría en el cine Gong, que fue el cine de nuestra infancia. Estos edificios, al igual que la cafetería Palaix y otros contiguos, son hoy dependencias del Banco de España que los derribó para así completar la manzana. El único que resistió fue el Palacio de Lorite hasta el 2003, por lo que fue una expropiación forzosa.
Mis abuelos Antonio y María trasladaron la frutería que en 1919 pusieron en la calle Torrijos a Marqués de Cubas en 1930. Contactó mi abuelo con un cristalero para poner espejos inclinados y luces y así poder ver mejor el buen género que ofrecían, lo que causó gran expectación en el centro de Madrid, al quedar muy vistoso y llamativo. Cuando iba al mercado de abastos de madrugada, sabiendo la fama que tenía para escoger el género, los demás decían, a mí lo mismo que a Antonio Ferrández. La frutería fue muy bien y llegaron a tener cinco coches de punto (antecedentes de los taxis), que aparcaban en la cercana esquina de Alcalá.
Para mis abuelos era una zona conocida, iban mucho al teatro Apolo, catedral del género chico (cercano del futuro negocio que pusieron) a disfrutar de la zarzuela, una de sus pasiones. Como en un pañuelo estaba casi todo lo que se movía por Madrid y para los abuelos fue un sueño. Estaba el Café Marfil donde pasó Jacinto Benavente sus últimos días de tertuliano, el teatro Alcázar con el Cuplé, la Horchatería Candela y antes del Edificio de Bellas Artes la Granja Henar, donde estaba la tertulia de Valle Inclán y el Café Negresco.
Los abuelos vieron en esa zona que tanto conocían una gran oportunidad, pues prácticamente no había donde poder disfrutar de una buena comida. Allí se jubiló la abuela María con 77 años al frente de la cafetería Palaix, cuyo nombre que lo puso el abuelo Antonio y hoy sigue siendo un misterio.
Desde El Periòdic del Poble expresamos nuestras más sinceras condolencias a la familia del autor de este artículo, que recientemente nos dejó, y agradecemos que nos permitan publicarlo, lo que hacemos con todo el cariño en su homenaje y cumpliendo su voluntad.