De plantas va la cosa, por JUAN FRANCISCO EGEA MANCHÓN
El otro día mientras esperaba a ser atendido en una empresa donde suelo ir por razones de trabajo, reparé en algo en lo que normalmente no solemos fijarnos. Bueno sí; las vemos pero no nos suelen asaltar pensamientos muy positivos. Se trata de las injustamente llamadas “malas hierbas”. Como os estaba diciendo en tan solo un metro de acera identifiqué nueve especies distintas, incluida la deliciosa cerraja menuda (Sonchus tenerrimus) o llisons, como le llamamos aquí.
© j.f.egea manchón
De malas no tienen nada. Con su presencia rebelde y persistente, allá donde un resquicio del asfalto les dé una oportunidad por enraizar, aseguran muchos beneficios para todos nosotros: favorecen la biodiversidad y atraen a numerosos insectos polinizadores, un grupo zoológico que se extingue ocho veces más rápido que mamíferos, aves y reptiles. También son protectoras de la tierra al evitar que con las lluvias torrenciales se produzcan desprendimientos de terreno y peligrosos socavones. Dotan a las insulsas calles de color y nos hacen ver la necesidad de no estar continuamente atosigándolas con máquinas segadoras o lo que es peor, con biocidas como el Glifosato, un fitosanitario cancerígeno.
Un cambio de actitud hacia ellas nos beneficiaría. Tal vez las generaciones del futuro las vean como ese eslabón perdido que nos une al campo y fomenten espacios verdes dentro del núcleo urbano donde poder contemplarlas. De momento sólo unos cuántos seguiremos apreciándolas por lo que son.