Curiosidades, por VICENTE FUENTES FUSTER
La primera vez que conocí a Luisa fue en un pleno de la Cooperativa Eléctrica San Francisco de Asís, nuestra Cooperativa, en el que ya no recuerdo el tema que se iba a tratar. Al final de aquel pleno, y en el apartado de ruegos y preguntas, Luisa tomó la palabra y recitó una poesía magistral, de la que era autora, sobre el trabajo que Cooperativa y algunos de sus empleados realizaban en el barrio de La Salud. Cuando terminó de recitarla, todos los asistentes, la mayoría puestos en pie, la aplaudieron con gran entusiasmo, fervor y admiración. Muchos hicimos cola para felicitarla personalmente. Cuando llegó mi turno coincidí con mi amigo Joaquín González Durán (El Carafal) (+). Tal fue el entusiasmo que le mostramos que nos invitó a visitarla en su casa, situada a las afueras del “poble”, cuando quisiéramos. Tardamos dos días en hacerle la visita. Fue tan grata la tertulia que mantuvimos, que repetimos las visitas varias veces más.
En el transcurso de estas visitas quiso recitarnos parte de las poesías que había compuesto durante su vida. Las recogíamos en una grabadora de voz y se las dábamos a Vicente López Deltell, director de este periódico, para que las publicara. Se publicaron muchas de ellas en “El Periodic del Poble”. Y se ha elaborado un cuaderno con sus poesías.
Además de sus aptitudes natas para componer poesías, era una persona muy habilidosa para el trabajo manual: elaboraba diversos artículos, como todo tipo de cestas, sarnatxos, esteras, etc. con hebras de esparto y lana; dibujaba del natural y copiando de cuadros famosos con gran maestría.
En lo que más se disfrutaban sus tertulias era en el tema: Crevillente, sus costumbres y sus gentes. Por ejemplo: de la calle La Salud, recordaba quién vivía, casa por casa, subiendo o bajando a mano derecha o izquierda y a qué se dedicaba cada uno… y eso que sólo vivió en ese barrio los primeros años de su vida.
Otra de las grandes pasiones de Luisa era la Semana Santa. Todos los años procuraba salir vestida de mantilla; prenda que lucía con una gran elegancia y distinción. Un año, por razones que la familia no puede recordar ahora, hizo promesa de donar su pelo a la Cofradía de Jesús Rescatado, para que esta imagen la luciera en procesión. Afortunadamente se cumplió la condición que requería la promesa y Luisa se cortó el pelo dándolo a la cofradía tal como había prometido. Este pelo lo llevó la imagen durante algunos años.
A pesar de vivir bastante alejados de la población, la familia solía levantarse a las cuatro de la madrugada todos los domingos del mes de octubre para acudir, a las 5 de la mañana al “despertino” y una hora más tarde al Rosario de la Aurora.
Su formación escolar fue muy breve y duró hasta los 7 u 8 años. Iba a recibir clases a casa de la “Tía María del Roso”, donde aprendió a leer, escribir y bordar. Su vida laboral fue muy dura. Empezó a partir de los ocho años, cuando iba a trabajar a una finca agrícola. Se levantaba de madrugada hasta la puesta del sol.
Después de casarse se estableció por su cuenta. Aprovechando su don natural para hacer que las cosas sencillas fueran bonitas, las iba vendiendo por mercados y ferias. En el verano se iba a Torrevieja e instalaba una especie de pequeño supermercado que disponía de carnicería, pollos asados y ultramarinos de todo tipo. Un día, unos recién casados catalanes, se acercaron a comprarle un pollo asado. Les cayó bien y le comentaron que ellos tenían el mismo negocio en una población catalana y que si se iba con ellos durante una semana, le enseñarían todo lo que necesitaba su negocio para tener éxito. Así lo hizo. La enseñanza adquirida, gracias a esta pareja, hizo que las ventas de su establecimiento en Torrevieja se multiplicaran.
Emprendió otros negocios: granja de cerdos, de gallinas, venta de huevos, etc.
Su marido, Ramón, trabajaba largas horas en una empresa, por lo que en todos los negocios que ella emprendía le podía ayudar poco. Cuando este falleció, el mundo se le desplomó; liquidó la mayoría de sus negocios y se quedó a vivir en la casa del campo.
Tuvo dos hijos que viven en Madrid desde hace muchos años. María Luísa, que regenta su propio negocio de floristería en una de las principales calles de Madrid y Ramón que tiene un bufete de abogado.
Su talento natural la hizo componer y recitar poemas, poesías, etc, que recitaba allá donde iba, y una vez impresas, las obsequiaba a las personas interesadas; así como dibujos al natural que ella misma realizaba y también distribuía.
Los viajes del INSERSO eran muy agradables con su presencia, ya que la solicitaban reiteradamente que recitara, una tras otra, sus emotivas poesías.
Fue entrevistada, con gran acierto, en Telecrevillent (ahora Cableworld) y Pregonera en diversos actos festivos.
Con ella se ha ido una enciclopedia viviente de la historia crevillentina de los últimos noventa años. Descanse en paz.
En su memoria publicamos en la página siguiente, de nuevo, la elegía que escribió a la muerte de su marido Ramón Botella.
Elegía a Ramón Botella, mi marido
Por Luisa Manchón Penalva
(La Quinseta)
Nos conocimos domingo,
estaba yo en mi casa lavando
cosa que no olvidaré.
Nos miramos a la cara
y allí empezó nuestro querer.
Fuiste mi primer amor y me mejor compañía
y le juramos a Dios querernos toda la vida.
Hemos criado dos hijos con una gran alegría.
Hemos comido en la misma mesa
y hemos dormido en la misma cama.
65 años juntos hasta el de la vida.
Cuando en el Cielo encuentres cobijo allí,
guárdame un trocito para estar junto a ti.
Te quiero y nunca te olvidaré.
Cuando me voy a acostar, que sola encuentro la cama,
porque me falta mi marido que tanto adoraba.
Lo llamo por todos los sitios:
por la calle, por la mesa, por la cama
y no oigo su respuesta, ni tampoco su mirada.
Yo sé que estás en el Cielo,
porque bien te lo mereces,
porque no hay nadie es este mundo
que del Botella se queje.
Quiero pedirte un favor,
pero que tú me escucharas,
que estuvieras siempre conmigo,
hasta que Dios me llevara.
Por las mañanas me levanto con la ilusión de encontrarte
para ayudarte a vestirte como te ayudaba antes
y hacerte de comer que siempre tenías hambre.
Y cuando salgo a la calle llevo una desilusión,
porque en la calle no hay nadie más
que la perra y yo.
A la que le cuento mis penas,
la que ve mi soledad,
la que ha visto a mi marido
que lo quiero de verdad.
Por grande que sea el mundo,
ya no me sirve para mí,
yo me conformo con poco, sólo con vivir.
Le pido al Dios de los Cielos que me
conserve la vista
para no molestar a nadie,
ni hacer a nadie sufrir.