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Tiempo de pandemias

Nuestra memoria, por María Luisa Gil López y Francisco José Belmonte Mas

Hoy vivimos en tiempo de pandemias. ¿Quién nos lo iba a decir? La situación que actualmente estamos padeciendo nos trae ecos de otras épocas, momentos que ya creíamos olvidados, pero que han estado ahí. Las pandemias han acompañado al hombre desde el mismo instante de su existencia. De algunas de ellas ignoramos el patógeno que la produjo. Casi todas las conocemos genéricamente como “Pestes “y en su mayoría fueron enfermedades zoonóticas, es decir aquellas que se pueden transmitir de los animales al hombre o viceversa. Hubo otras que su contagio se realizó por insectos que actuaron como vectores. Las personas que, en su momento las vivieron las consideraron como una “maldición bíblica”, debido al miedo y a la necesidad de darle un sentido a algo que no podían entender.


El miedo ha estado siempre muy presente en cada una de las epidemias. Por ejemplo, a mediados del XVII y un año antes de que la peste o pandemia llegara aquí, cuando se tenía noticias de que en Valencia ya estaba azotando (1647), a las personas que venían de dicha ciudad se las confinaba en cuevas de la sierra hasta cumplir la cuarentena, se les llevaba comida a 300 pasos, pero si salían de allí podían incurrir hasta en un delito de pena de muerte. La gente solía huir, incluso el notario se negaba a ir a atender a nadie por miedo al contagio y se impondría el testamento “nuncupativo”, que todavía está en vigor. La medicina poco podía hacer, pero hay un escrito de los Doctores Miqyuel Valero y Joseph Sepulcre que afirman como precauciones: aislamiento, higiene y alimentarse bien, pero evitando conejos y liebres, y potenciando las legumbres, frutas y verduras. Tal vez sería casualidad, o tal vez intuición, pero los conejos y las liebres eran susceptibles de contagio. Fueron varias las pandemias que asolaron nuestro pueblo y algunas de ellas quedaron con mucha fuerza en la memoria colectiva y como fuente oral.

Una de las epidemias que más castigó Crevillent fue la conocida como cólera morbo (1884/1885): “Las campanas no paraban de tocar a difunto. Los carros llevaban los muertos al cementerio, que tuvo que ampliarse”. En esta misma publicación se recogía como Don Manuel Magro Gallardo regaló sendos mantos bordados en Lyon a las Vírgenes del Rosario y los Dolores como agradecimiento porque sus hijos no murieron en esta pandemia.

En nuestras familias aún quedan recuerdos, que lentamente se van diluyendo en la memoria colectiva de la localidad, que nos retrotraen a episodios con ciertas similitudes a la época que estamos viviendo.

Las personas de más edad o aquellas interesadas en la Historia local o de su familia, aún pueden recordar cómo el cementerio se tuvo que ampliar y desplazar por la última epidemia de cólera que sufrió España.

En la memoria histórica oral, transmitida de abuelos a nietos, se recuerda que aquella enfermedad afectó de tal manera a la localidad que no era extraño oír el tañido de las campanas de la Iglesia de Belén, tocando a «Mortichol» (niños), con una triste frecuencia más habitual. Carros llenos de cuerpos que desplazaban a las víctimas fuera de la población, a un cementerio que pronto dejó de tener capacidad para dar cabida a tanto cadáver.

Esta fue la penúltima y gran pandemia que afectó a la localidad. La más recordada, por razones cronológicas, obvias y cercanas, fue la gripe de 1918. Más de 150 personas de la villa alfombrera vieron su vida segada por el paso de la última gran epidemia.

Hay un buen número de historias, anécdotas y curiosidades vinculadas a esta época. Carmen Candela Planelles (1908-1996) contaba a su cuñada Carmen Orts Galiana, cómo afectó a todos por igual, sin importar, extracción social, edad, sexo. Hablaban de la gran mortandad que tuvieron que vivir siendo niñas. Del miedo que existía, del incesante toque de las campanas de la Iglesia del pueblo, a veces a “morticholet”, a veces a adulto. Y, entre aquellos recuerdos, hablaban de una niña, una mujer “ben grosseta, donava gust vórela, era molt guapeta, la pell ben sonrosaeta i xica, en els mitjos que tenía la seua familia i aixina i tot no van poder fer res i també es va morir”.

La gripe de 1918 se llevó concretamente 178 víctimas, 100 mujeres y 78 hombres. El contagio se produjo en el mes de octubre durante las fiestas patronales de San Francisco y la Virgen del Rosario.

Merecido agradecimiento

Finalmente, en un momento en el que estamos agradeciendo a todas las personas que se juegan la vida por ayudarnos, queremos desde aquí incluir a Alonso Martínez, jurado (equivalente a concejal) en el Consell de 1648. Él fue el que se encargó del cuidado de los enfermos de peste. Según consta en el archivo de la parroquia de Nuestra Señora de Belén: “…fue tanto el cuidado que puso, estando siempre a su lado, que se contagió y murió”. No sabemos nada de él, pero, por sus cláusulas testamentarias, no parece que era un hombre rico. Desde aquí queremos dar un aplauso también para él.

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