Arqueología día a día, por DANIEL BELMONTE MAS y JORDI BLÁZQUEZ POVEDA
Corre el año de 1997. Valentín Javier Mas Ruiz acude a casa de sus abuelos donde, mientras recoge algunos enseres, advierte la presencia de una pequeña maleta en la que aún se lee “Friendship-Goodwill”, “Amistad-Buena voluntad”. Al abrirla comprueba que hay un mapa de los Estados Unidos con la leyenda “La estrella indica dónde viven los niños Americanos que os envían esta maleta”. Capta su atención un libro infantil de 1937. El año remite a una España en guerra.
Intrigado por el hallazgo, Valentín pregunta a su padre, Salvador Mas Aznar, crevillentino nacido en 1931. Salvador le explica que esa maleta se la entregaron en Los Molinos, siendo él un niño de apenas 7 años, unas personas de las que guarda un vago recuerdo. Los abuelos de Salvador, Francisco Aznar y Marcelina Quesada, eran caseros de la finca de Los Molinos, propiedad de la familia Magro. Allí, con sus abuelos, se había trasladado Salvador en plena guerra civil. Vagamente recuerda cómo, junto al molino de abajo, había un grupo de jóvenes que, de cuando en cuando, intentaban aprovisionarse de algunos productos cultivados por su abuelo. Entre risas, recuerda la reacción de su abuelo y cómo él mismo intentaba ayudarle en la búsqueda de los “usurpadores” de la preciada cosecha.
Mayo de 2019. Salvador, ahora ya a sus casi 90 años, vuelve a reencontrarse con aquel idílico paraje de la sierra de Crevillent, sustancialmente cambiado -la ausencia de la sonora y apacible cadencia del agua de la Cata al discurrir por las acequias…-, aunque conservando en esencia la vetusta apariencia del complejo molinero. Regresa con su hijo Valentín. Les atiende Jorge Hernández, responsable de las instalaciones. Y le muestran la maleta que Salvador recibió de mano de unas personas que residían en el tercer molino, a la vez que rememora aquel momento. Poco después, Jorge Hernández pone en conocimiento de Daniel Belmonte, arqueólogo de Crevillent, esta peculiar historia, en cuyos detalles y trasfondo acuerdan que sería interesante ahondar.
Un golpe de suerte les pone en contacto con el investigador crevillentino Jordi Blázquez, gracias a Ana Satorre, técnica de cultura del Ayuntamiento de Crevillent y coordinadora de la revista de etnografía del Ayuntamiento para la que Jordi Blázquez ha presentado un trabajo sobre el director escolar, y maestro, Alarico López Teruel. Gracias a ello advierten que aquellos “ingleses” o “americanos”, debieron ser los cuáqueros que, durante la guerra civil, estuvieron en Crevillent desarrollando su labor humanitaria… y, quizá, aquellos que pusieron en manos de Salvador una maleta repleta de juguetes.
Una pequeña maleta donde se lee “Friendship-Googwill” sirve de punto de partida para redescubrir cómo Los Molinos se utilizó durante la contienda
El trabajo de Jordi Blázquez pone un contexto a la presencia de aquellos “extranjeros” en Crevillent, a la vez que destaca de manera entrañable la figura y la labor de don Alarico. Los cuáqueros, caracterizados por su tarea humanitaria, especialmente para con los niños en las contiendas de la primera mitad del siglo XX, vieron articulada su labor en Crevillent a través de un comité británico y de Francesca Wilson, toda una veterana en esas lides. A ellos se debe la creación de la colonia de menores desplazados por la guerra en Los Molinos. Con ellos, sin saberlo, llegaría a convivir Salvador. Algo debían saber de aquello sus abuelos.
La labor de los cuáqueros ha pasado casi inadvertida hasta hoy, pese a ser vital para aquellos niños
Como también algo debieron saber los padres de Francisco Espinosa, nacido en 1928. Su familia residía en la finca en la que, junto a la bocamina de La Cata, el pequeño Francisco había crecido. Un día, a sus 10 años, en plena guerra civil, acudió con su madre a Los Molinos. Allí, una maestra de Madrid, al ver al pequeño planteó que acudiera a la escuela donde precisamente atendían a los niños refugiados. Francisco recuerda cómo en el “Molí de baix” había unos chicos algo mayores, a la vez que señala cómo él iba, con otros más pequeños, a la “escuela” que había en el “Molí d’enmig”. Quiere recordar que la mayoría eran niños, “de fuera”, y que sólo había maestras; y aún tiene memoria para comentar algunas anécdotas. Una de ellas la de cómo al llegar Navidad repartieron canicas y cómo él, no siendo uno de los niños del grupo, no “tuvo derecho” al reparto. Sin embargo, la maestra tuvo el detalle de decir al resto que compartiesen con su compañero algunas canicas. Otra de las escenas grabada en su retina es la de cómo un militar “vestit en polaines” fue a visitar a su maestra. Debían ser matrimonio, apunta, pues ambos se fundieron en un abrazo. Tras ello el militar se marchó. Simples anécdotas si no fuera porque, comentan su hijo Jose y su sobrino Daniel, son probablemente uno de los únicos testimonios orales directos que en Crevillent quedan sobre aquel episodio.
Los recuerdos se entremezclan y afloran emociones. Fueron años difíciles los que aquellos niños tuvieron que vivir. Los más difíciles. Los de la guerra y los inmediatamente posteriores a la guerra. Hambre. Miseria. Y represión.
La labor de aquellos cuáqueros ha pasado casi inadvertida hasta hoy, a pesar de ser vital para aquellos niños y niñas a los que la guerra acabó por trastocar una infancia ya de por sí difícil en aquellas décadas. La figura de Francesca Wilson, poco o nada conocida, merece, después de 80 años, un mínimo reconocimiento. Y también la de sus compañeros que, dejando atrás familia y trabajo, vinieron a una España en guerra para atender a los niños y niñas más desfavorecidos por las penurias de la sinrazón.
Pie de las fotografías
Foto 1. Maleta que entregaron al pequeño Salvador Aznar, hacia 1938, en Los Molinos con parte de su contenido original.
Foto 2. “The Champ”. Libro infantil para colorear fechado en 1937, remitido por niños estadounidenses para los niños de la guerra españoles.
Foto 3. Salvador Mas, protagonista de la historia, y Pepe Belmonte. Ambos coincidieron, trabajando como aprendices, en el taller de Cantó. Su reencuentro en Los Molinos después de 70 años.
Foto 4. Detalle de la maleta, que, según cuenta Salvador Aznar, le entregaron de pequeño en Los Molinos. Se puede leer en inglés “Friendship. Goodwill”, “Amistad. Buena voluntad”.