Historias para contar, por Salvador Puig Fuentes
- Francisco Puig Ramón (Picasal) fue el primer presidente de la cofradía, según fuentes orales
- Parreños y Rosaleos marcharon a Orihuela a recoger las imágenes de Riudavets
Fue a mediados del último tercio del siglo XIX cuando la Semana Santa de Crevillent adquirió una nueva dimensión. La villa, libre de los vínculos que le ataban al señor feudal, cuyos privilegios habían sido abolidos en 1837, gozaba de una economía boyante. Todos sus habitantes tenían empleo. Ahora, los ciudadanos eran libres para fundar asociaciones civiles y piadosas al margen de la parroquia.
En un período de veinte años -entre 1865 y 1885-, los crevillentinos, guiados por estas convicciones asociativas organizan colectivos (cofradías), para celebrar la Semana Santa con imágenes adquiridas mediante aportaciones de sus socios. En el período mencionado, desfilan por las calles diez pasos nuevos, con música y cantos menos lúgubres que los antiguos, del Nazareno, Cristo y Dolorosa, pertenecientes a la Parroquia. Sus cofrades lucen “vestas” de llamativos colores. Algunos, como “la Oración en el Huerto”, siguiendo el ejemplo de “la Samaritana”, desfilan Miércoles noche y mañana del Viernes Santo al son de las típicas “pasarellas”; tradición que ha perdurado hasta nuestros días.
El paso de “El Huerto”, adquirido en el año 1871, es el que mejor representa la personalidad de sus fundadores: agricultores, propietarios de alguna tahúlla de tierra con riego asegurado (los llamados huertos), donde cultivaban árboles frutales, hortalizas y flores. De ahí que en las Revistas de Semana Santa (años 1925 y 1941), aparezca fotografiado el paso con un narajo, una palmera y un olivo, (años después el paso lucirá sólo un olivo como leemos en el Evangelio).
Poco conocemos de los inicios de esta sociedad fundada por laicos con finalidad piadosa hace 150 años. Sabemos por fuentes orales publicadas en las mencionadas Revistas, que su primer presidente fue Francisco Puig Ramón (Picasal) y que se compró por 19.000 reales al imaginero Antonio Riudavets. Añaden dichas fuentes que “Parreños (Mas de apellido) y Rosaleos (Candelas), marcharon a Orihuela con sus carros y mulas a recoger las imágenes del taller del mencionado escultor. (Pienso que el “trono” debía pesar poco por sus reducidas dimensiones: poco más de un metro de ancho para poder entrar por la puerta de la Ermita de Santa Anastasia, donde dormiría tras la procesión del Miércoles Santo hasta la madrugada del Viernes).
Han transcurrido 150 años de su primera procesión arropado por los “Picasals, Parreños y Rosaleos”. Desde entonces, todas las tardes del Miércoles Santo acuden a la Plaza del Salitre, escenario de su puesta a punto, miembros de las tres familias para “arreglar” el paso: vestir al Señor, poner la palmera, el naranjo, el olivo y cubrir el paso de lirios traídos de sus cercanos huertos.
La tradición viene cumpliéndose año tras año con ligeras variaciones que imponen sucesivos períodos de tiempo. Se incorporan dos tronos nuevos más espaciosos que irán alumbrados con bombillas eléctricas. La “gañamiga” para los almuerzos del Viernes Santo, fue sustituida por el “pa torrat amb abaetxo”. Las vestas azules con capirote a pliegues del mismo color, capita corta de color rojo por una cara y negro por la otra (esta sólo para la procesión del Viernes por la noche, en la que salían todos los pasos).
Ahora, desde 1950, usamos los mismos colores, pero con telas de brillo, capa larga y capirote que cubre toda la cara. La tradicional figura del “manaó”, es en la actualidad la de un cofrade con la misma indumentaria pero que lleva vara de latón rematada con un cáliz. Antes, la figura del “manaó” recaía en un niño vestido a modo de paje, traje azul celeste, con cola larga, cabello rizado y varita en la mano, moviéndose por en medio de las dos filas de penitentes. Así lo recuerdo yo siendo niño (año 1942), cuando heredé la indumentaria que había quedado corta para el usuario anterior. Tampoco se me olvida el rizado del pelo capilar la tarde del Miércoles, en una peluquería de señoras, con unas tenacillas calientes que aguantaba estoicamente.
Este era mi paso, “mi Huerto”, el que tengo presente en mi memoria, al que imagino acompañado por todos y todas que Dios se llevó. Y como no, a los “Parreños”, “Rosaleos” y ‘’Picasals’’ (desciendo de estos). No en vano, son historia viva del “Paso”, de mi “Huerto”, familias que durante 150 años han ido forjando las tradiciones tan queridas.