Me ocurrió una tarde de este caluroso verano cuando caminaba de regreso a casa. De pronto me encontré en la terraza de un bar a mi amigo Manolo. Creo recordar que en alguna ocasión les he hablado de él. Normalmente es un hombre muy tranquilo, salvo en una ocasión que estuvo a punto de no llegar a tiempo de pagar un impuesto. Le faltaban unos minutos del plazo tope para el pago debido al retraso causado por la absurda burocracia que tuvo que soportar para reunir la documentación necesaria. Estuvo a punto de ser ingresado en el hospital.
Bien, esta vez estaba haciendo algo inaudito en él. Se encontraba sentado plácidamente, yo diría más bien que un poco mareado, bebiendo una gran copa de vino. Además, en la mesa, había tres copas vacías como testigos mudos de que ya habían sido consumidas.
– ¡Manolo! Pero, ¿qué haces? ¡Si tú eres abstemio total!
– Lo era, me respondió, pero ayer me ocurrió algo que me ha afectado profundamente. Como se suele decir, bebo para olvidar. Aunque no sé si lo conseguiré.
Muy extrañado le pregunté:
– Olvidar ¿qué?
Me dijo que me sentara a su lado por si tenía que ayudarle a llegar a casa. Después de unos largos minutos, pudo empezar a hablar. Primero balbuceante por los efectos del vino, pero pronto con mayor lucidez.
-Tú sabes, empezó, que desde que somos amigos, prácticamente desde la niñez, hemos compartido muchas cosas. Bastantes de ellas las hemos experimentado por primera vez juntos, y las que han sido por separado las hemos comentado entre nosotros. Recuerdas la primera escuela de párvulos, la enseñanza primaria, la secundaria. Durante los años que duraron estos estudios siempre estuvimos juntos y en la misma clase. La “mili” la hicimos también en el mismo cuartel y hasta hicimos guardias juntos. Hemos comentado nuestros más íntimos secretos y sentimientos: el primer beso a la novia, las primeras caricias… Con nuestras mujeres e hijos, hemos hecho muchísimas excursiones y asistido a espectáculos. Casi todo lo hemos compartido.
Ante un discurso tan emotivo no tuve más remedio que decirle:
– Verdad, Manolo. Ha sido muy bueno que me recordaras nuestra profunda amistad para que te ayude a sincerarte.
Sigue, por favor. Y continuó.
– ¿Recuerdas aquella vez que fuimos juntos a ver una feria de coches y motos que se celebraba cerca de aquí?
– Pues sí, respondí. Fue aquella en la que la joven que estaba vendiendo las entradas nos hizo la pregunta fatídica: Ustedes querrán la entrada de jubilados ¿verdad? Fue la primera vez que nos llamaban de esta manera. Recuerdo que tuve que cogerte para que no saltaras el mostrador y le dieras su merecido. Ya no hemos vuelto a ir por allí.
– Bueno, me dijo, pues hoy me ha pasado algo peor.
– ¿Peor? Respondí.
– Pues, sí. Mucho peor.
– ¿Peor que aquella humillación? Fue mi contestación.
– Siéntate y te cuento. Me dice. Yo ya me estaba preparando para escuchar algo absolutamente horrible, espantoso, angustioso. Casi le pregunto cuantos días le quedaban de vida.
– Verás, esta tarde he estado en el servicio de urgencias del Centro de Salud. En realidad, acabo de llegar de allí. La sala de espera estaba a rebosar. No quedaba ni una silla libre. Por cierto ¿sabes quién estaba también allí?
– ¿Quién? Respondo.
– ¿Recuerdas a esa chica morena que nos cruzamos a veces cuando vamos a pasear por la Rambla?
– Sí.
– Pues ¿sabes lo que ha hecho cuando me ha visto entrar y que no había ninguna silla libre?
– No lo adivino ¿Qué ha hecho?
– ¡Se ha puesto de pie y me ha cedido su asiento!
– ¡Me pasa a mí eso y me suicido allí mismo! ¿Qué has hecho tú?
– Inmediatamente, disimulando lo mejor que he podido, y como si no me hubiera dado cuenta que lo había hecho por mí, me he dirigido con paso firme, marcial y altivo al conserje, y le he dicho, con voz autoritaria, que venía a resetear el ordenador de la máquina de rayos X, pues yo era el nuevo director técnico informático nombrado por la Conserjería de Salud para toda la Comunidad Valenciana, para solucionar este tipo de problemas. Me ha dicho que no sabía nada y que volviera mañana en horario de oficinas, al tiempo que me acompañaba para abrirme la puerta de la calle dándome todo tipo de disculpas. Me he despedido de él y me he marchado… quedando divinamente ante la chica, quien me ha mirado con la boca abierta de admiración, respeto y sorpresa.
– Bien hecho, Manolo. Siempre hay una primera vez para todo, pero no estamos preparados para que una mujer joven y hermosa nos ceda el asiento. ¡Faltaría más! Esto sería verdaderamente humillante y señal inequívoca de que ya nos acercamos al principio del fin.
Por Viente Fuentes Fuster