Estando de visita en una población vecina me encontré, pegado a la pared de un colegio, el cartel cuya foto pueden ver ustedes en esta página. Para ser sincero, al principio no pude entender lo que decía, ni siquiera el idioma en el que estaba escrito. ¿Sería alemán el colegio y estaría redactado en esa lengua? También podría ser un colegio de un país del Este de Europa o irlandés y estar en gaélico. ¿Quién sabe? O cualquier otro idioma de allende nuestras fronteras… Todo era posible.
Mi curiosidad me impedía irme sin conocer el significado de la dichosa frase. Seguí examinando el cartel y de pronto encontré la respuesta de “A MENJAR SA”; traducido al castellano “A COMER SANO”. El cartel anunciaba que el citado colegio pertenecía a un plan, financiado por la Comunidad Europea, para que los niños de la Comunidad Valenciana aprendieran a comer sano. Para ello deberían incluir en sus dietas productos lácteos y frutas. Buen consejo.
Como a la puerta del colegio, esperando la salida de los niños, se encontraban algunos padres y abuelos, me hice pasar por uno de ellos y, como el que no quiere la cosa, pregunté si sabían a qué se refería lo del cartel. Ninguno lo sabía. Empezaron a comentarlo entre ellos y, de pronto, una madre recordó que hacía unos días su hijo le dijo que les habían dado un yogur. Ante esta declaración las otras madres también confirmaron lo del yogur, pero que solía ser de frutas. Posiblemente se debería a que con un solo yogur mataban dos pájaros de un tiro: leche y fruta.
Buena idea me pareció que los organismos europeos tomaran parte en la alimentación de los niños; de esta forma se criarían más sanos y aprenderían buenos hábitos de nutrición.
Casi sin quererlo, y con muy poco esfuerzo que hice para ello, vinieron a mi mente recuerdos de mi infancia, cuando a la hora del recreo, todos los días, nos daban grandes trozos del mejor queso que habíamos comido nunca y que creo que ya no lo hemos vuelto a probar. Y vasos de leche en polvo. Aunque esta no nos gustaba tanto, pues estábamos acostumbrados a la leche que se compraba directamente en las lecherías; no en las tiendas. El pan lo llevábamos de casa. Esta ayuda alimenticia venía directamente de U.S.A. y correspondía al famoso Plan Marshall de ayuda para la reconstrucción de Europa.
Recuerdo que los más avispados, aquellos que triunfaron más tarde en los negocios que emprendieron, partían el pan en dos trozos y volvían a ponerse en la cola para coger otra ración de queso. A veces lo partían hasta en tres porciones.
Este cartel, que me ha hecho recordar el sabor del queso, me ha impulsado a buscarlo en Internet, pues a los comerciantes y distribuidores de productos lácteos a los que se lo he comentado no lo conocían. He tenido éxito en la búsqueda y he podido encontrar fotos de las grandes latas y barriles en las que venían envasados estos productos. También el nombre de la marca del queso impreso en ellas.
Al saber el nombre lo he podido encontrar en los supermercados. Pero ahora, pasados ya tantos años y tener tantas variedades de queso a nuestra disposición, el sabor ya no me ha parecido el mismo de entonces, aunque sí que lo recuerda.
Por Vicente Fuentes Fuster