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Arqueología día a día: La torre del Pinet

Las plácidas aguas de las playas alicantinas que hoy disfrutamos cuando llega el periodo estival no siempre han sido un lugar apacible, calmo y tranquilo. Durante siglos, esas playas no fueron un lugar recomendable, y aún menos en ciertas épocas del año cuando el buen tiempo también lo era para la navegación. Unas buenas condiciones que eran aprovechadas por piratas y corsarios para acechar y atacar de manera periódica y reincidente estas costas. No se trata de leyendas. Todo ello está fundamentado en numerosos acontecimientos históricos de los que quedó constancia por escrito. El deán de Alicante Vicente Bendicho, entre otros, así lo recogía en su crónica allá por el año de 1640: “…Dragut llegó a nuestra costa de Alicante a 24 de mayo de 1550, con 27 vaxeles… lleváronse trese personas… salió un moro y con el alfanje que tenía, por detrás le dio una cuchillada en la cabeza, que se la partió y cayó muerto…”.

Además de los escritos han quedado otro tipo de testimonios: como testigos mudos, las torres vigía o torres almenaras jalonan buena parte del litoral mediterráneo peninsular e incluso de otras áreas del Mediterráneo. Ubicadas en la mayoría de los casos en primera línea, sobre lugares destacados y prominentes con buena visibilidad, tenían una función clara: la de advertir la presencia de ataques corsarios, especialmente entre los siglos XVI y XVII. Los corsarios, en este caso concreto, partían de la otra orilla del Mediterráneo, del norte de África. Y de ahí una de esas expresiones que ha quedado como una auténtica reliquia fósil en la jerga más castiza: la de que “hay moros en la costa”. Sin embargo, cabe hacer notar que al menos algunos de esos piratas eran de origen europeo, “cristianos renegados”, y que, incluso, desde estas mismas costas se organizarían también expediciones corsarias para contrarrestar las de la otra orilla: ese fue el caso de Villajoyosa, La Vila, una de las localidades que llegó a sufrir algunos de los más duros ataques.

Estas construcciones han sido abordadas en diferentes trabajos de investigación desde distintas perspectivas, destacando, entre otros y para nuestra zona, los estudios del profesor Jesús Pradells de la Universidad de Alicante, así como del arqueólogo del MARQ José Luis Menéndez Fueyo, cuya tesis versó precisamente sobre el sistema de vigilancia costero para la provincia de Alicante, además de otros como los de los profesores García Mas y Martínez-Medina, ambos de la Universidad de Alicante. Recientemente fueron objeto de un proyecto de fin de grado por parte del arquitecto Óscar Lerma, a quien agradecemos especialmente las facilidades prestadas para el empleo de algunas de sus imágenes sobre la restitución volumétrica de la torre del Pinet. Todos estos trabajos, y aún otros más que obviamos por cuestiones de espacio, son obras de referencia si queremos conocer con detalle la historia de estos centinelas.

El contexto en el que la mayor parte de estas torres vigía aparecen es el de la monarquía hispánica con los Austrias mayores a su frente: Carlos I y su hijo Felipe II. Es uno de los periodos de mayor esplendor del imperio de los Habsburgo, a la vez que, ya especialmente a partir de las últimas décadas del siglo XVI, se acepta de manera generalizada la presencia de evidentes síntomas de desgaste que darán finalmente al traste con la idea de un “Imperio universal cristiano”. Dentro de la política exterior de los Austrias mayores, el Mediterráneo se convirtió en un “campo de batalla”, abierto a constantes choques con el otro gran poder del momento: el imperio turco de Solimán el Magnífico. Será el momento en el que se produzcan célebres batallas como la de Lepanto, en 1571. Sin embargo no siempre asistiríamos a ese tipo de batallas tan señaladas. En estas costas lo habitual será todo lo contrario: en lugar de grandes enfrentamientos asistiremos a pequeños choques, ataques rápidos y sorpresivos, a modo de razzias que, lanzadas desde naves de corsarios procedentes de la otra orilla del Mediterráneo, buscaban hacerse con un botín de manera rápida y fácil, jugando para ello con el factor sorpresa. En ocasiones el botín no sólo eran bienes materiales, sino también personas que, bien eran vendidas como esclavos, bien se obtenía un rescate por ellas tras su liberación. Este fue el caso de Miguel de Cervantes, quien fue hecho preso hacia 1575 para permanecer 5 años en cautiverio hasta su liberación tras el pago de un rescate. El primer puerto que pisó a su regreso de Argel fue el de Denia. Los protagonistas de estas razzias respondían en ocasiones a nombres de célebres piratas como Dragut, los hermanos Barbarroja u otros menos conocidos como Arnaut Mami. A este último se le atribuye el apresamiento de Miguel de Cervantes. Y por ellos son tristemente conocidos muchos de estos episodios en la costa alicantina que, sobre todo entre los siglos XVI y XVII, asolaron de manera periódica este litoral.

Conscientes las autoridades del problema fue cuando se concibió la idea de mejorar las posiciones de vigilancia ya existentes, así como la de crear una nueva red de torres vigía, complementando las anteriores. Es entonces cuando se produce la intervención del ingeniero militar italiano Giovanni Battista Antonelli y del noble Vespasiano Gonzaga Colonna, también de ascendencia italiana, ambos al servicio de Felipe II y sobre quienes recaerá, en parte y para ese periodo, la dirección del proyecto de construcción de buena parte de estas torres.

Bajo su supervisión se remozarán las antiguas y erigirán las nuevas. Las torres se disponían siempre en contacto visual con las siguientes más próximas y debían contar con una dotación de personal -los torreros- y de medios, que quedaban estrictamente regulados por unas ordenanzas. Cuando una posible amenaza era divisada, la señal de alarma era transmitida a las siguientes torres con las que mantenían el contacto visual mediante señales de humo durante el día o de fuego durante la noche. Además del personal que estaba al cargo de la vigilancia en el punto fijo de la torre, existía otra figura que era la del “atallador” – hacía el “atall”, el camino corto, directo, hasta el punto de encuentro con el siguiente jinete-, un centinela a caballo que, especialmente con la primera luz del alba, debía reconocer el terreno que mediaba hasta la siguiente torre o punto convenido, para comprobar que durante la noche no se habían producido desembarcos, al amparo de la oscuridad.

En este último gesto reside el origen de la Venida de la Virgen de Elche, cuando, en la madrugada del 29 de diciembre de 1370, y según la tradición, uno de estos vigilantes, Francesc Cantó, mientras cubría la ruta que tenía asignada, a la altura de la torre del Tamarit, en la playa del mismo nombre y en un punto próximo a la playa del Pinet, divisó un arca con la célebre leyenda de “sóc per a Elig”. El arca contenía la imagen por todos conocida de la Virgen de la Asunción.

Diversos son los autores que inciden en el valor estratégico de la torre del Pinet: ya a principios del siglo XVI la playa del Pinet es un lugar de desembarco habitual de piratas, atraídos por los recursos y la riqueza de un área con una notable actividad agrícola y comercial como lo era el territorio costero que se extendía desde aproximadamente Torrevieja -cuyo nombre se entiende ahora mejor- hasta Alicante. La torre del Pinet controlaba hacia el sur la desembocadura del río Segura, mientras que hacia el norte dominaba la albufera de Elche -actuales salinas y parte del Hondo-. Hacia el sur mantenía contacto visual con la guarnición de Guardamar, mientras que hacia el norte el siguiente puesto de vigilancia era la torre del Tamarit, si bien desde la del Pinet también había contacto visual con Santa Pola y Tabarca.

A pesar de que hoy se encuentra en estado de ruina casi total, sabemos que la torre del Pinet respondía a unas características muy concretas y similares a otras muchas de estas torres vigía. Parece que su construcción dataría de principios del siglo XVI y que ya desde un primer momento se le conocería bajo esa denominación. Ello supone que el topónimo “Pinet” que hoy nos resulta tan familiar a muchos crevillentinos, también lo debió ser para generaciones anteriores y como mínimo desde hace al menos 500 años: así era conocida la torre del Pinet y también aquel paraje costero hacia principios del siglo XVI.

Una de las primeras referencias documentales data de 1528 y alude a desembarcos de “…flotas de fustes de moros…” en las cercanías del Pinet, tal y como ya recogió R. Ramos. Uno de los peores ataques ocurriría poco después, el 29 de agosto de 1552, liderado por el pirata berberisco Salah Rais, para intentar alcanzar la cercana ciudad de Elche. Esos ataques continuados motivarían la especial atención que el citado Antonelli dedicaría a la torre del Pinet.

Para la segunda mitad del siglo XVII y tal y como establecían les “Ordinacions tocants a la custodia y guarda de la costa marítima del Regne de Valencia…”, del Conde de Paredes, la torre del Pinet contaba con “dos Atalladors, dels quals lo hu te obligaciò de exir a la matinada fins la gola de la Albufera ahon se dara la ma y segur ab lo Atallador del Castell de S. Pola, y sen tornarà a darlo a dita Torre. Lo altre Atallador que solia exir de nit de prima devès fer lo mateix puesto, tindrà de aci avant obligaciò de exir tambè de matinada, y fer son atall fins a la mitat del cami del Castell de guardamar, ahon esperarà lo Atallador de Guardamar, y alli es daràn lo segur, y sen tornara a la Torre a donarlo”.

Realizada en piedra local a base de mampostería irregular con refuerzo de sillares en las esquinas, constaba de tres plantas y alcanzaba una altura total en torno a los 14 metros –los restos actuales apenas alcanzan 3 metros-. Parece que estaba dotada de matacán y troneras en el mismo lado en que se abría la entrada o vano de acceso a la torre. La entrada estaba situada en la parte inferior de la torre, a diferencia de lo que ocurría en otras torres en las que la entrada quedaba a la altura de una segunda planta, sirviendo como elemento de defensa ya que era un gesto que dificultaba el acceso en caso de ataque.

Sobre sus características concretas y equipamiento, disponemos de diversos informes y documentos que, especialmente desde el siglo XVII y hasta fines del siglo XIX, permiten conocer con cierto detalle algunos elementos curiosos e interesantes, aunque por motivos de espacio obviamos entrar ahora en su comentario. Uno de los últimos informes detallados de los que se tiene constancia es del ingeniero Joaquín Aguado, de 1870, en el que refiere que la torre contaba con cuadra para cuatro caballos, “un pozo de agua de mina muy buena” y que para el ascenso a los pisos superiores, además de una escalera de madera, disponía de una escalera de caracol de mampostería.

Pocos años después del informe de Aguado la torre acabaría entrando en un estado de ruina total. Se conoce un documento gráfico datado precisamente de esos momentos previos a su ruina definitiva y de otro que, acaso poco conocido, es obra de un crevillentino ilustre: José Maciá Abela (1877-1932). Aún de niño parece que Maciá Abela conocería la torre sin derruir: “cuando yo era aún muy niño y en carro al Pinet venía, al divisarte de lejos los huesos se me reían”. Este sacerdote recoge en verso una descripción que viene a ser su visión de la torre del Pinet, bajo un prisma de marcado carácter sentimental y emocional.

Hoy, sus escasos 3 metros de altura conservados la reducen a unas modestas ruinas. A pesar de ello aún sigue siendo un testigo mudo de otro tiempo en el que el peligro acechaba nuestras playas. Otro tiempo en el que aún se alzaba enhiesta frente a la costa, vigilante centinela del mar ante los constantes ataques de piratas y corsarios que en aquellas centurias asolaban el litoral alicantino.

Por Daniel Belmonte Mas

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