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Reflexiones en un día de confinamiento

Historias para contar, por Salvador Puig Fuentes

Hoy, segundo lunes de Pascua, fiesta de san Vicente Ferrer, confinado en casa un día más… A cada instante acuden a mi mente toda clase de pensamientos y recuerdos, algunos influenciados por las noticias que radio y tele emiten hasta la saciedad sobre la devastadora Pandemia del Coronavirus. Esta mañana a las 10.30 pongo Televisión Mediterráneo (valenciana y privada), que retransmite la misa concelebrada por el cardenal arzobispo de Valencia y sus dos obispos auxiliares. Cantada y rezada unas partes en latín, otras en castellano y valenciano. El sermón es leído en lengua vernácula por un fraile dominico -de la orden a la que perteneció san Vicente-. Durante 25 minutos, el predicador, experto historiador de la vida del santo ha ido relatando curaciones milagrosas efectuadas a contagiados de epidemias habidas en su época; obviamente buscando cierto paralelismo con la pandemia actual. Sus viajes por las comarcas de la provincia de Valencia, Cataluña, hasta llegar a Francia donde murió. Ni una sola palabra a sus predicaciones en localidades como Alicante y Orihuela donde consta que pasó en el año 1411. Tampoco aludió a su inestimable mediación política en el Compromiso de Caspe. 

Al finalizar la misa escucho de su Eminencia: “san Vicente Ferrer es Patrón de la diócesis de Valencia. No añade que también lo es del Reino de Valencia – ahora País Valencià-, y de la diócesis de Orihuela. Por eso el día era festivo en muchos pueblos de la región. Antiguamente, en Crevillent salía de la iglesia el cura con el copón para dar la Comunión a los impedidos en su domicilio. Lo hacía en procesión con el Palio portado por cofrades de la Mayordomía, que también aportaba la cera. Procesión solemne que presidía el Ayuntamiento en pleno y la Banda de Música amenizando el acto. Eran otros tiempos, ahora la Iglesia ha ido adaptándose a las circunstancias actuales suprimiendo devociones que antes parecían inamovibles. 

Estas reflexiones me traen recuerdos de cómo celebraba Crevillent antiguamente, dos fiestas importantes de la liturgia eclesiástica en el mes de mayo. La primera era en uno de los tres jueves que brillaba más que el sol, la Ascensión, ahora pasada a domingo. Para dicho jueves mandaba la tradición asistir a Misa Mayor con jaulas de jilgueros (caderneras), canarios y toda clase de pájaros cantores, para acompañar con sus gorjeos a Cristo subiendo al Cielo. La otra fiesta, Pascua de Pentecostés, segunda en importancia después de la de Resurrección, ha perdido la solemnidad que tenía antiguamente en España, excepto País Vasco y Cataluña. Fuera de España sí la celebran como corresponde todas las naciones cristianas, (protestantes y católicos). En nuestro pueblo, llamada popularmente »Pascua d’els Congrets» (bollos planos con sabor a toñas), sí tenemos constancia de tan importante fiesta en los siglos XVII y XVIII. En este día comenzaba el año para el ejercicio contable y renovación del »Consell», obviamente impetrando Luz al Espíritu Santo para llevar a cabo los asuntos del pueblo. Mis reflexiones de ayer y de hoy especialmente sobre Pentecostés, no alcanzan a comprender el por qué ha decaído tanto en nuestra región esta fiesta tan importante. 

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