Sueñas… ¿Y por qué no? Me dije hace un tiempo. Los sueños sueños son… y el meu poble también podría tenerlos. Soñando soñando soñé un futuro… no sé si mejor, pero había que intentarlo. Crevillent se convertía en un centro cultural de primer orden. Miles de personas acudían a diario a disfrutarlo. Y todas y cada una de ellas se preguntaban: «¿Y por qué no? Es gratis. Aquí lo hicieron y aquí estamos». Pero ese era el final… Para construirlo empecé por tres pasos que ya han sido alguna vez proyectados. El sueño incluía un Teatro Chapí en condiciones, con una escuela para niños cantores. También un Museo Paleontológico y otro de la Industria Alfombrera.
En el Chapí ensayaba el Orfeón de Crevillent, que había superado en méritos al Donostiarra. Y decenas de niños aseguraban su continuidad con baba resbalando por su boca mientras lo escuchaban. El fósil del mastodonte que paleontólogos de Elche descubrieron en nuestra sierra -eso es tan real como la vida misma- era la principal atracción de la muestra local, situada en el Parc Nou que, por cierto, reconocía por fin al que fuera presidente de la Diputación, Pascual Mas y Mas, crevillentino al que el Pleno decidió oficialmente dedicar la instalación. Bajando por la calle Álvaro Magro, esquina con la de Jaume El Barbut, estaba el centro dedicado a nuestra Industria. Allí, Pomares Sol había dirigido las labores de instalación de un museo que iba a honrar la memoria de varias de nuestras generaciones.
Museo Benlliure, de la Semana Santa, el dedicado a Julio Quesada, la iglesia de Belén… Recorrido, algo cambiado con respecto al actual, a completar en la casa del cura poeta y en el antiguo hospital. Ambos edificios, plenamente restaurados, acogían actividades originales. En el que nació el 2 de junio de 1877 Maciá Abela había un despacho con muebles de su época. Allí colgaban fotos con Miguel Hernández, del que fue maestro, e infinidad de libros y poemas. Un grupo de poetas crevillentinos discutía en el patio sobre «Las nanas de la cebolla», mientras en otras salas ensayaban músicos y cantantes escogidos para ser escuchados. Por último, en la planta de arriba no cabía ni una obra más en una amplísima biblioteca. Toda llena de libros escritos por crevillentinos.
El antiguo hospital lucía esplendoroso. El patio soleado se dedicaba a la lectura y en cada habitación había un museo. Todos particulares. Sus dueños eran los encargados de mostrarlos. Ya jubilados, habían donado a la villa sus colecciones personales. Piezas arqueológicas halladas en la sierra, aperos, pequeñas obras de arte, imaginería religiosa, documentos históricos para la villa… Un tesoro, vamos, el que muchos crevillentinos exponen en sus vitrinas.
Y para rematar lo soñado Crevillent explotaba, con cuidado, su sierra. Sus chozas y neveros, sus acequias y sus minas. La oferta natural se unía a la de El Hondo y completaba un círculo cultural verdaderamente atractivo. «¿Cómo un pueblo tan pequeño era capaz de serlo?», me pregunté al despertar. Eso no lo había contestado el sueño. O quizás sí. Vicente López Deltell