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Perdemos las amistades: Realidad

Advertencia: Este artículo no es una continuación del anterior, dedicado a sueños mundanos. Y puede doler. Y mucho. Sobre todo a los que siguen, a pesar de los pesares, teniendo corazón.

Un hombre apoya su pierna ortopédica en la esquina de unos grandes almacenes. A su lado, un niño mocoso y mugriento abre la palma de su mano con cara de pena. Frente a ellos un motorista sangra por un oído tras sufrir un accidente. Y en la calle de arriba, un anciano que no pasa de 50 kilos se desmorona. Realidades diarias ante las que, sin duda, es más fácil mirar hacia otro lado… Hace años que conozco, como miles de internautas y “feisbuqueros”, la vida de Alfredo. Y asumo que, por miedo, miraba para otro lado. Nada concreto ha ocurrido, pero hoy -18 de febrero- he decidido visitarlo… Sin avisar, hacia las once y media de la mañana, me he presentado en su casa, situada en el campo, en la crevillentina partida de Deula. Lo que he sentido al verlo y vivir con él un par de horas me lo guardo, porque prefiero que usted, -lector/a-, sienta lo que prefiera…

Capítulo 1: El abandono

“Un día, en el colegio, hicieron un simulacro de incendio. Salieron todos corriendo de clase y como yo ya estaba en silla de ruedas me dejaron en el segundo piso”, recuerda sin ningún signo de acritud Alfredo Sánchez Sansano. Entonces tenía 15 años. Ahora, con 28, vuelve a estar “completamente abandonado”, cuenta su padre, José María. Desde noviembre, la Generalitat les adeuda la paga de la Ley de Dependencia (como a otros miles de ciudadanos en la Comunidad) (Este artículo está escrito en febrero. Ahora, en abril, la deuda de la Generalitat corresponde a los meses de febrero y marzo. El resto de atrasos han sido abonados). Y “todo el mundo mira para otro lado. Nos tratan como si fuésemos una mierda”. Se puede decir más alto… Él dejó su trabajo cuando hace unos cinco años Alfredo entró en la fase tan grave en la que se encuentra ahora. Desde entonces, su enfermedad, distrofia muscular de Duchane, lo tiene encamado y prácticamente en la misma postura. No ve. Necesita oxígeno y una máquina que le facilita la respiración. A penas puede mover la cabeza. Y una crisis respiratoria le podría causar la muerte en cualquier momento. “De las cosas que más me gustan está que mi madre me rasque”. Aurelia también padece la misma enfermedad. Aunque en un grado menor, la distrofia le provoca una evidente minusvalía que, por increíble que parezca, la Administración no reconoce. Y así, sin ingresos directos -salvo la ayuda familiar de 400 euros-, “dependemos del dinero que nos debe la Generalitat”, apunta el padre, quien añade: “No estamos pidiendo limosna”. El dinero que el Gobierno valenciano les adeuda es suyo, tanto como lo es el del pensionista. “Pero personas mayores hay más y es más fácil que se movilicen para quejarse. Por eso no dejan de pagar las pensiones. Se aprovechan de que estas pobres personas están impedidas…”, añade. Impedidas para manifestarse sí, pero también abandonadas. Y no sólo por la Administración.

Capítulo 2: Facebook

Aunque sus aficiones preferidas son “escuchar música –Estopa entre sus favoritos- y la televisión –“Ahora caigo”, “Atrapa un millón” y “Amar es para siempre” –, lo que verdaderamente más le gusta es “hablar con mis amigos por Facebook”. La red social se ha convertido en su mayor ocupación. Con la ayuda de sus padres –“Nos hemos tenido que poner al día en nuevas tecnologías”–, Alfredo cuenta con 5.000 amigos, el máximo que permite esta plataforma a un particular. Gracias a Internet son muchísimas las personas que conocen a Alfredo en toda España. “Han llegado a venir a visitarlo desde Murcia, Valencia, Algeciras, Talavera de la Reina o Villarrobledo”, recalca su madre. Alfredo informa cada día a sus amigos sobre sus novedades. Tan sencillas como comer, cenar o recibir visitas. “La comida de hoy -reza uno de sus post- ha sido caldo con pelotas, infusión de hierbas digestivas y un yogurt”. Y cientos de personas le dan al “Me gusta” y decenas le desean “Buen provecho”, “Ánimo campeón”, “Muchos besos”, “Buen día tengas Alfredo”, “Te quiero mucho”… A diario, Alfredo recibe las bendiciones de centenares de personas. En su página siempre hay buenos deseos. “Me gusta mucho mantener el contacto”, asegura Alfredo, que para potenciar su voz habla a través de los altavoces del ordenador.

Capítulo 3: La muerte

“En cualquier momento podría morirse. Ahora mismo”, asume su padre, que añade que “la pasada semana sufrió una crisis respiratoria y nos asustamos muchísimo. Alfredo no puede moverse, lleva años en la misma postura. Y no podemos levantarlo de esta cama. Lo mataríamos”. Para darle movilidad, mientras habla, su padre masajea y mueve las diminutas y encogidas piernas de Alfredo. “¿Lo que menos me gusta? Que me meneen los pies”. Y si quiere ir a algún sitio “necesitaba un furgón adaptado”, que la familia recibió gracias al programa “Entre todos” de Televisión Española. “Somos pobres pero nos tocó la lotería”, apunta el progenitor, a la vez que dice en voz baja: “¿Cómo vamos? Pues viviendo hoy. Mañana ya veremos”. “Por suerte no me duele nada”, me tranquiliza Alfredo tras escuchar las realistas palabras de su padre, que reconoce que “no me gusta hablar de estas cosas, pero…” (silencio).

Capítulo 4: La vida

¿Tienes algún sueño, Alfredo? “Pues la verdad es que no se me ocurre ninguno… Me gusta estar en contacto con mis amigos. Quiero a todos por igual. Me encanta que vengan a visitarme”. Su vida es sencilla, muy sencilla. pequeñas cosas que llenan a pocos. Y a pesar de ello, es la vida más completa que he visto. A pesar de su falta de visión y de movimiento, Alfredo tiene una vida que no precisa de sueños. Una vida plena de amor, el de sus padres y familiares primero, el de sus vecinos, el del cura o el testigo de Jehová o el musulmán que lo visita -“quiero a todos por igual”-, el que cambia las bombonas de oxígeno, el de su nueva médica, Judit Catalá, el de sus numerosos animales (un mirlo, un gato que siempre está a los pies de su cama, un cerdo vietnamita, perros, gallinas, patos, tortugas, hamsters, palomos, tórtolas), el de sus 5.000 amigos de Facebook… Y recibe tanto amor porque, a pesar de sus impedimentos físicos, Alfredo da mucho más de lo que le entregan. ¡¡¡Eso sí es vida!!! En su página en la red social de Internet Alfredo amanece casi a diario con un “Buenos días, os quiero”. Y bajo su máscara, como casi siempre, se adivina una sonrisa… Gracias Alfredo. Te queremos.

Vicente López Deltell

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