En la misma playa donde jugábamos a ser los de Parchís, donde lloramos amárgamente la muerte de Chanquete y donde se nos ponía un nudo en la garganta al escuchar la canción de «El final del verano». En ese pequeño hogar vacacional, en cuyas terrazas sonaban con insistencia temas entonces inéditos como «Cien gaviotas», «Mil calles llevan hacia ti» o «Al calor del amor en un bar».
Allí donde los niños queríamos ser mayores a base de estrafalarios disfraces, donde familias enteras entonaban habaneras y contábamos historias de terror al albor de las ruinas de un viejo cuartel abandonado. Allí, en el coqueto hostal Gailcia, Jaime Urrutia se hizo aún más grande si cabe. Y lo hizo acompañando de sus Corsarios y de otros artistas como su compañero Sotos, Antonio Jamás, Pipo Rockandroll, Marcelo Champanier o los grupos El asiento de atrás y Flacos. El compositor aceptó con humildad y grandeza actuar en un pequeño festival en cuanto a medios y muy, pero que muy grande, en cuanto a calidad. Algo absolutamente inesperado para un lugar como la playa de El Pinet. El incomparable marco de la cita, como si de un barco en pleno mar se tratara, el buen rollo, el ambientazo rockero, la amabilidad de la organizadora (María Gallego), hacían presagiar lo que más tarde se produjo. Una verdadera gozada. (EN LA FOTO, Jaime Urrutia y el autor de esta columna con un trozo de coca de Crevillent gracias a la Panadería Califa)
Vicente López Deltell