De plantas va la cosa, por JUAN FRANCISCO EGEA MANCHÓN
Se tiende a pensar que en el medio urbano la naturaleza está como adormecida. Más bien al contrario. En mi último artículo en este periódico hablé de esas grandes perseguidas que son las plantas adventicias o espontáneas, o sea, las mal llamadas malas hierbas. Comentaba yo que debemos revisar nuestra visión hacia ellas y dotarlas de mayor protagonismo en el engranaje natural de las ciudades, ya que son el reservorio de miríadas de pequeños y medianos organismos que aseguran la biodiversidad en nuestro saturado ecosistema urbano.
De igual forma casi todo el mundo asocia las orquídeas a unas plantas con unas flores grandísimas y muy llamativas, como las que se venden en los grandes almacenes y que, por cierto, suelen durar más bien poco en la mayoría de los casos. Además, se piensa que de forma natural solo se encuentran en países exóticos colgadas de los árboles. Lo que muchos desconocen es que nuestra sierra, a pesar de estar enclavada en un clima sub-dersértico atesora como mínimo seis especies de orquídeas terrestres. En este caso son mucho más modestas pero igual de apasionantes que sus primas tropicales. Pues bien, como las plantas adventicias, son unas especialistas natas en lo que a la supervivencia se refiere. Y he aquí que la naturaleza siempre sorprende y se reinventa a pesar de nuestras agresiones.
Una de sus últimas heroicidades se ha producido en un colegio infantil de nuestra localidad, el CEIP Julio Quesada- Mestra Pilar Ruiz, al sur de la población. Sorprendentemente, por lo inusual del caso, al amparo del confinamiento germinaron en el patio ajardinado del centro escolar muchas de estas orquídeas autóctonas, en concreto de la especie Ophrys apifera que apenas había sido observada a nivel local. Desde ese momento todo el personal se volcó en su conservación.
Los niños, verdaderos protagonistas de esta historia junto a las orquídeas, formaron un binomio perfecto con ellas, al igual que las propias orquídeas forman una simbiosis con determinados hongos que les posibilitan germinar, y se convirtieron en sus celosos guardianes para que su ciclo vital se completara correctamente.
Conocieron que utilizan un increíble sistema de polinización por engaño sexual, es decir, simulan ser hembras de determinadas especies de abejas para que los machos copulen con ellas y les transfieran los sacos del polen adheridos a su cabeza.
Construyeron sistemas de protección y caminitos con piedras para evitar que fueran pisoteadas. Pero lo más importante es que aprendieron de primera mano a respetar y a amar a todos los seres que nos rodean, tanto vegetales como animales y que la conservación de nuestro medio natural es básica si queremos seguir disfrutando de estas maravillas.