Hubo un tiempo en que en Crevillent gobernaba un Alcalde “demasiado recto”. Supongo que era debido a la época y a las peripecias que se atravesaban en aquellos años, pues había en todos los vecinos un grandísimo respeto a la Autoridad.
A este Alcalde, como a todo buen vecino, le gustaba pasear por el pueblo, visitar a los amigos, tomarse unos chatos de vino y recorrer las calles, aunque fuese de noche.
Inspeccionaba personalmente que todo estuviera en orden; que si esta acera, que si este jardincito, que si tal plaza…
Quiso la casualidad que una de aquellas noches de ronda se encontrase con dos individuos que iban bien cargaditos de tintorro y estaban tirando piedras y destrozando las pocas bombillas del alumbrado público.
El Alcalde, al ver el alboroto les llamó la atención diciendo: “Ché, què esteu fent?”. Uno de ellos, que no andaba muy bien de la vista aparte del “ciego” de vino que traía, por supuesto no conoció en ese momento al Alcalde y le espetó: “Ui, i tu qui eres?”, “Pos mos ha fotut el xicot este!”….”I a tu qui collons t´ha quirdat aquí?…”.
El otro componente del dúo intentaba acallarlo a codazos diciéndole por lo bajito: “Calla, Paco, calla!”, pero el individuo no atendía a las indicaciones de su amigo e insistía: “Pero…..qui es eixe?”.
El Alcalde al percatarse del lamentable estado en que ambos se encontraban no quiso en ese momento imponer su autoridad y simplemente les dijo: “Demà vos aguarde als dos en el Ajuntament”, y siguió su camino.
Cuando se fue el Alcalde, el mejor parado de los dos amigos le explicó a su compinche de quien se trataba y éste, asustado exclamó: “Ui!….i ara, què fem?”.
No obstante, en ese momento no pudieron hacer otra cosa que “dormir la mona”, y al día siguiente, una vez despejados se buscaron y, presos del miedo a las represalias, no pararon de idear algún plan, pues no pensaban por nada del mundo acudir a la cita con el Sr. Alcalde.
Hasta que uno de ellos se acordó que tenía un amigo en Calatayud y esa misma mañana vendieron el buen perro de caza que tenían, el hurón, el cáñamo y las pocas pertenencias de que disponían y… “¡pies para qué os quiero!”, cogieron el caminito para Calatayud.
Allí permanecieron de 2 a 3 meses siguiendo con su rutina tabernil hasta que pensaron que las aguas por el pueblo habrían vuelto a su cauce y el percance caído en el olvido. Una vez de vuelta a Crevillent volvieron, por supuesto, a salir de chatos. De tal manera que la primera nochecita se toparon con el Sr. Alcalde, quien les dijo al verlos: “Ché, a on estaveu vosatros?”, respondiendo ellos: “Estavem en Calatayud…, que mos van manà un telegrama que un familiar meu estava molt malaltet….”. Contestándoles el Alcalde en ese momento: “Un telegrama?, un malalt?… Sí. Seria més bé a preguntar per la Dolores…”. Joaquín González Durán