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La pasaeta: La Semana Santa de los 40

Para los niños de aquel entonces, la Semana Santa era el mayor acontecimiento que podían conocer. En la imagen adjunta se plasma la tarde de un Viernes Santo de la época en la Plaza Chapí. Donde podemos observar a un grupo de niños embelesados ante el trono de las Tres Marías y San Juan. Lo que más nos llamaba la atención era la corona de la Virgen María, ya que se trataba de un tubo cilíndrico del que brotaba una luz, pero no era ninguna bombilla. Aquello nos asombraba enormemente, pues nunca antes se había visto.

Al finalizar la Semana de Pasión, en cada barrio los grupos de niños confeccionaban su propio paso, siguiendo un proceso puramente artesanal. Lo primero era encontrar alguna pieza pequeña de madera con forma cuadrada. Debajo de aquella plataforma se acoplaban dos listones dejando que sobresaliese un trozo por delante y por detrás para que formaran las varas. De este modo nuestro trono ya estaba construido. A continuación, la imagen nos la brindaban aquellas gitanas que recorrían nuestras calles con sus cestos llenos de santos mientras gritaban: “SE CAMBIAN ÑIÑICOS Y SANTICOS POR TRAPOS Y ALPARGATAS VIEJAS”. Para el acompañamiento musical aprovechábamos que en las tiendas de barrio ya se vendían botes de tomate en conserva de gran capacidad. Como el tendero vendía el producto por peso, esperábamos impacientes al momento en que quedaran vacíos, para que nos los diera y con ellos poder confeccionar nuestros tambores. La percusión se lograba con nuestros flamantes palillos hechos con las patas del cordero que se compraban para hacer el tradicional “Arrós y mondongo”. Por último, los alabarderos confeccionaban su casco con una hoja de periódico dándole forma triangular, y con una sencilla madera hacían la espada. Nuestra imaginación nos brindaba todos los ingredientes para realizar aquella Semana Santa lo más parecida a la que habíamos visto.

Otro de los acontecimientos que recuerdo de mi niñez durante la Semana Santa era la celebración de la Pascua. Aquí en Crevillent se conocía como “El día de la Mona”, donde todo el pueblo se concentraba para celebrarlo en la ermita de San Pascual y sus alrededores. Era impresionante ver desde el pueblo el reguero de gente que se acercaba al lugar. Hoy día, todavía se puede apreciar el desgaste del terreno en forma de V inversa. El tiempo no ha borrado la huella dejada por el paso constante de dichas multitudes. Joaquín González Durán

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