El cant del rossinyol, por Ismael Gallardo Lledó
Es un hecho aceptado que el origen de la industria alfombrera de Crevillent tiene su origen en las primitivas artesanías del esparto y el junco. Cómo después un pueblo modesto en tamaño como Crevillent, llegó a concentrar la casi totalidad de la producción nacional de alfombras, sólo tiene una explicación: el trabajo y el esfuerzo que nuestro pueblo pone en todo lo que hace. Esta artesanía ancestral empezó a convertirse en potente industria a partir del siglo XIV. Las causas las ha explicado perfectamente el catedrático Vicente Gozálvez Pérez, al hablar sencillamente de una cuestión de necesidad, motivada por una agricultura limitada, pero sobre todo por el empobrecimiento y la vuelta al feudalismo que caracterizaron la conquista cristiana una vez terminado el pacto con el arráez musulmán de estas tierras.
Históricamente la producción de esteras de esparto ha superado en cantidad a las de junco, debido sin duda a la mayor laboriosidad que implica la fabricación de las segundas. Sin embargo, la estera de junco siempre tuvo, hablando en términos económicos actuales, un mayor valor añadido, de manera que el precio alcanzado por éstas superaba en mucho al de las toscas esteras de esparto.
Esto hizo que se estableciera una distinción entre ambos productos: el más delicado y elaborado tendría como destino las casas de los más pudientes, recibiendo el nombre de “estera fina”, frente a la “estera común” de esparto, que encontraremos en hogares más humildes. La estera de junco será por ello la que más lejos llegue en su comercialización, debido a su singularidad y la alta apreciación de esta artesanía crevillentina. Llegados a este punto, es importante destacar que este trabajo tan minucioso era realizado mayoritariamente por mujeres y niños, participando los hombres sólo cuando el campo no requería sus brazos.
El insigne Cavanilles habló siempre de Crevillent y los crevillentinos sin ocultar su admiración, también cuando dice que los vio en París vendiendo la estera fina como Tapis d’Espagne, toda una lección de superación. Cavanilles, que era un apasionado botánico, describe el junco que servía de materia prima a esta industria, comparándolo por su parecido con la especie que Linneo nombró como Juncus effusus, pero sin llegar a identificarla. Es lógico si tenemos en cuenta que además esta especie es la que se ha utilizado mayoritariamente en otras zonas de España y sobre todo en Portugal, recibiendo por ello el nombre de “junco de esteras”. Sin embargo, la ausencia actual de este junco en la zona húmeda que se extiende al sur de nuestro término municipal y de la que El Hondo forma parte, nos ha llevado a buscar otras alternativas.
Por suerte Cavanilles dejó escrita una valiosa descripción botánica del junco utilizado por los crevillentinos, con tanto detalle que nos ha permitido identificarla ahora sin ningún género de dudas con otra especie que sí está presente actualmente en El Hondo y algunos barrancos de la Sierra de Crevillent y que aquí se denomina con acierto como “junquet”, debido a su menor talla frente a otras.
El Juncus subulatus, que es el nombre científico de la especie, fue descrito por primera vez unos años antes por otro insigne botánico sueco, llamado Pehr Forsskål, cuando visitaba los alrededores de la ciudad egipcia de Alejandría, en los límites de otro gran humedal formado por el Delta del Nilo.
Ésta crece formando densas praderas sobre suelos arcillosos de carácter salino, es decir, exactamente las condiciones que predominan en el entorno del Hondo, colonizando amplios espacios a partir de la expansión de sus raíces. Y lo que es más importante, a diferencia de otras especies similares es capaz de sobrevivir a periodos secos, justo lo que una planta necesita para prosperar en un clima mediterráneo como el nuestro.
Tradicionalmente el junco se segaba a primeros de mayo, momentos antes de su floración. En esta tarea participaban también nuestros vecinos ilicitanos, que lo hacían en la franja territorial que va desde la partida de Balsares hasta Puçol y Algoda, limítrofes estas últimas con las crevillentinas de Cachap y El Bosquet, al menos hasta los años 70 del siglo pasado. Para ello utilizaban una hoz especial llamada címbara, que tiene su origen etimológico en el árabe hispánico zabbâra, que significa “podadera” y de la que se conservan algunas piezas en el Museo de Pusol. Una vez secado al sol, el junco era cargado en carros con destino a Crevillent, donde sólo las manos expertas de nuestros antepasados, pero sobre todo de nuestras antepasadas, eran capaces de obtener el producto final.
Seiscientos años de tradición merecerán sin duda un lugar destacado en un futuro Museo Etnográfico y de la Alfombra, reconociendo que todo esto además no hubiera sido posible sin la presencia del gran humedal que se extendió entre las desembocaduras de los ríos Segura y Vinalopó. Cuando veo con orgullo todo lo que consiguieron nuestros antepasados, me viene a la cabeza la frase atribuida al filósofo Bernardo de Chartres, cuando decía “somos como enanos a lomos de gigantes, podemos ver más y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura”.
Para terminar sólo me resta decirles que si quieren conocer más de cerca esta planta singular, pueden hacerlo visitando el jardín botánico “El Saladar”, junto al Centro de Información del Parque Natural El Hondo, creado gracias a la colaboración de la fundación de la Cooperativa Eléctrica San Francisco de Asís de Crevillent.