De plantas va la cosa, por Juan Francisco Egea Manchón Naturalista
Precisamente así se titulaba el libro que cayó en mis manos allá por el año 1996 en la Biblioteca Municipal Enric Valor de Crevillent. Contemplar esas reproducciones en miniatura de las diferentes especies de árboles caló muy hondo en mí y forjó esta afición a las plantas que hasta hoy sigo teniendo.
Sería irrisorio pretender resumir en estas pocas líneas una tradición ancestral japonesa, pero voy a dar unas pinceladas generales.
Al igual que cualquier otra manifestación artística del ser humano hay una serie de preceptos básicos que se deben aplicar a la hora de transformar una planta “normal” en un bonsái.
Podemos probar con cualquier especie, siempre y cuando las hojas no sean exageradamente grandes, como por ejemplo encinas, acebuches, algarrobos, tomillos, romeros, moreras, pinos carrascos, etc., es decir, especies que tenemos en nuestro entorno. En un primer momento deben ser cultivados a ser posible en el terreno para engrosar el tronco más rápidamente, pasándose después al cabo de unos años a macetas de entrenamiento y, tras un proceso de formación, a las macetas definitivas de bonsái que suelen ser de gres cerámico. Dependiendo del estilo del árbol elegiremos un tipo u otro de maceta. El típico abeto columnar sería un estilo erecto formal con una maceta estrecha rectangular; una encina achaparrada sería erecto informal y quedaría bien en una maceta también rectangular, pero algo más honda; un pino en un acantilado con las ramas solo a un lado sería efecto barrido por el viento y se vería genial en un “kurama”, que es una especie de maceta hecha a mano con forma de media luna, y así muchos otros estilos.
El secreto de todo reside en equilibrar la parte aérea de ramas y hojas con la parte de las raíces. Esto es muy importante a la hora del trasplante. Existen sustratos y abonos (de preferencia orgánicos) comerciales que por poco dinero nos evitarán tener que preparar nosotros mismos el medio de cultivo. Lo más importante es que sean de textura porosa para evitar que se apelmacen y puedan asfixiar las raíces. Debéis saber que las flores y los frutos no se pueden reducir con las técnicas de bonsái, a no ser que sean variedades con frutos ya de por si pequeños como los granados enanos o algunas variedades de manzanos japoneses.
El siguiente paso sería dar una primera poda de formación para dejar las ramas primarias y secundarias. Aprovecharíamos entonces para darles la forma que más nos guste, utilizando alambre de aluminio marrón que es mucho más blando que uno convencional y siempre emulando lo que la naturaleza haría: No podemos superponer una rama encima de otra ya que le quitaría la luz. Hay que cortar las ramas en círculo, orientadas hacia adentro, o directamente apuntando al suelo. En fin, todas aquellas que priven de un aspecto natural a nuestros arbolitos. Si seguís todos estos pasos seguramente tendréis árboles preciosos y si no los seguís seguramente también lo serán para vosotros. De nada sirve decir “mira este árbol como se pondrá de bonito en unos pocos años”. Cada árbol se disfruta en el momento presente, exactamente igual a como ocurre con nuestras vidas.