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Curiosidades: Los apodos

Casi todas las familias crevillentinas tienen su apodo. Por desgracia, desde hace algunos años se están perdiendo. Las nuevas generaciones no los tienen en consideración, e incluso, en algunos casos, tratan de que este pase al olvido.

Sin embargo, hay algunas que lo mantienen con orgullo y así se lo hacen saber a sus hijos. Para estos el apodo es como un tercer apellido que confirma la identidad de la familia.

No obstante, el ser testigo del nacimiento de un nuevo apodo es casi como contemplar un raro fenómeno atmosférico, esos que aparecen de tarde en tarde. Vamos como la aparición de un cometa o un eclipse.

Los apodos solían aparecer en los lugares donde se concentraba bastante gente y siempre la misma. Lugares como fábricas, talleres, escuelas y colegios, cuarteles militares, pueblos pequeños, etc.

Lo curioso del apodo es que al principio a aquel que se lo han impuesto no lo acepta. Suele enfadarse mucho cuando se lo nombran. Aunque con el tiempo lo acepta y suele identificarse con él: Hola, soy Pepe, el de la tundosa, el engrasador, el del almacén…

En la empresa donde trabajé fui testigo del nacimiento, mejor dicho, bautismo, de dos apodos. Uno de ellos se le impuso a una joven. Todas las compañeras de trabajo acordaron acudir a una señora que “tiraba” las cartas. A todas les decía prácticamente lo mismo: encontrarían un novio rico, tendrían muchos hijos, serían muy felices, etc.

Pero a esta mujer que les cuento le dijo lo siguiente “tendrás un novio que se enamorará locamente de ti, y tú también de él, será tanta la pasión que os tendréis que cuando os caséis no podréis esperar a llegar a casa para consumar el matrimonio y os tiraréis de cabeza a una regadera para consumarlo allí”. Desde aquel día esta joven fue apodada en la fábrica como Manoli la de la regadera.

Hubo otra mujer muy joven a la que le tenía mucha envidia una señora mayor que trabajaba en la misma empresa. Un día que se cruzaron en un pasillo le dijo la señora mayor, con mal disimulada envidia: “tú te deshaces como una “toñeta” de aceite cuando ves a un hombre”. A partir de ese día la chica fue conocida como Toñi “la toñeta”.

En otra ocasión un hombre, en la misma empresa, hizo correr la voz de que tenía gallinas en su finca y podía vender huevos de campo a quien quisiera. Los pedidos empezaron a llegarle. Sin embargo, no podía vender docenas completas, siempre le faltaba alguna unidad para completarla. La excusa siempre era la misma: lo siento, pero las gallinas no ponen más. A un compañero de trabajo, con el que tenía mucha confianza, le confesó un día después de tomarse un par de cervezas, que los huevos eran la mitad, o menos, de las gallinas y que el resto lo compraba en un supermercado, pues él era un gran negociante. Se corrió la voz y ya siempre se le llamó Ramón “el negociante”.

He recordado todo esto porqué últimamente he ido a visitar a un amigo que estaba internado en el hospital. Estando en su habitación entró una enfermera a cambiarle el gotero; durante los pocos segundos que le llevó esta labor entró otra a decirle que al paciente de las uvas había que cambiarle la medicación. ¿El paciente de las uvas? ¿Sería una contraseña porqué estaba yo delante?

La enfermera se fue y yo seguí con mi amigo. Como estábamos a gusto y no teníamos prisa, la visita se alargó durante cerca de una hora. Cuando ya me estaba despidiendo entró de nuevo la enfermera, pero en esta ocasión venía acompañada de la que vino a avisarla sobre el paciente de “las uvas”.

Hablaban entre ellas: pues, sí, al de las uvas hay que darle Tramadol cada 8 horas, Paracetamol después de las comidas, Daflon 500 cada 4 horas, Lexatin para dormir, que se levante y camine por la habitación…

Yo pensaba que el paciente de “las uvas” habría sufrido una indigestión de uvas recién fumigadas. Así que, con cautela y precaución me atreví a decir: es que el veneno con el que fumigan es mortal, estamos destruyendo el medioambiente, ya no quedan abejas, los gorriones escasean, la capa de ozono, la deforestación del Amazonas, acabaremos con la humanidad, etc.

Pero “qué dice usted”, me dice una de ellas. El paciente de “las uvas” es un señor que ha tenido un accidente en su finca y ha estado alimentándose de uvas durante dos días. Se ha salvado gracias a ellas.

Yo de inmediato pensé que este hombre, hace unos años, hubiera pasado a llamarse a su salida del hospital Antonio el de las uvas.

Por Vicente Fuentes Fuster

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