Esta historia ocurre en un país imaginario. Cualquier parecido con la realidad sería una fatal coincidencia. Por favor, que nadie lo interprete de otra forma.
En este país irreal, del que vamos a simular una de las sesiones del consejo de ministros, ocurre lo que casi en todos los países: les falta dinero, mucho dinero, para cubrir los presupuestos que alegremente se aprobaron.
El señor presidente había pedido a los miembros del gabinete que aportaran nuevas ideas para tratar de ingresar aportaciones extras para solucionar la difícil situación económica que estaba atravesando el país, pues ya se encontraban al borde de declarar el estado de economía de guerra; que es el estado previo a la bancarrota. Nadie decía nada. Se mascaba la tragedia.
Sin embargo, en esta desesperada sesión de hoy, se levantó un ministro y con voz alta y clara dijo:
-Yo tengo una idea para que las arcas del Estado ingresen dinero extra.
De inmediato el presidente le concedió la palabra. Todo el mundo calló. La expectación era total. El ambiente se congeló. El estado de ansiedad se apoderó de los miembros de gabinete. Todos a la expectativa para ver qué se le había ocurrido a este ministro.
Y el ministro habló:
-Se trata de crear un impuesto nuevo, revolucionario, extraordinario, único. Todos los países, no importa la ideología por la que se gobiernen, nos imitarán cuando lo implantemos. En algunos sitios llevará el nombre de nuestra nación. Las universidades, las escuelas de economía, finanzas y comercio lo incluirán en sus planes de estudio…
-¡Calla y exponlo ya! Dijo el señor presidente. Estamos impacientes. Pero te advierto que un nuevo impuesto será difícil de justificar. Piensa en lo que nos costó meter el famoso impuesto al Sol. Fuimos el hazmerreír del mundo. Pero, ahí está, que lo quite el que pueda.
-Con este no habrá problema Sr. presidente. Se trata de crear un impuesto sobre la felicidad. Le llamaremos, para simplificar “I.F”. Siempre queda mejor, y es más fino, llamar a las cosas por sus iniciales.
-Llámalo como quieras, pero no será fácil…
-Déjeme explicarle, señor presidente. Se trata de colocar a todos los contribuyentes, hombres y mujeres, y mediante una pequeña intervención quirúrgica (que pagarán ellos, por supuesto) un CHIP. Este CHIP transmitirá automáticamente, vía Wi-Fi, a una central cercana de la Seguridad Social el grado de placer que tiene en sus relaciones de pareja. La Seguridad Social valorará este grado de acuerdo con una puntuación que le habremos facilitado nosotros. Una vez evaluada se transmitirá vía telemática a la Delegación de la Agencia Tributaria que pertenece el contribuyente. Allí se transforman los puntos en euros y al final del ejercicio fiscal se le incrementan al contribuyente como ingresos en su Declaración de la Renta. Más placer, más ingresos. Además, al llevar colocado un chip por contribuyente, la pareja podrá acogerse a declarar este ingreso en la Declaración de la Renta de forma individual o conjunta. Está claro, ¿no?
-Bueno, visto desde este punto de vista no parece tan descabellado. De esta forma, dos contribuyentes, con igualdad de ingresos, no quiere decir que sean iguales también en felicidad. Porque, como dice el refrán: el dinero no da la felicidad. Además ¿quién sería el guapo que se atrevería a decir que no ha tenido relaciones en un año? Creo que deberíamos empezar a estudiar seriamente este impuesto de la felicidad.
-I.F. señor presidente-
-Eso, I.F. Suena mucho mejor. Pronto que se prepare una comisión para que se implante en el próximo ejercicio. Gracias por la idea, ministro.
-Pero, ¿lo aceptará el pueblo de buen grado?
-Pues claro que sí, pareces tonto, ministro. El pueblo acepta todo lo que nosotros le decimos. Acaso no ha aceptado, además del mencionado impuesto al Sol, pagar los gastos de la avioneta que ha descubierto hasta las barbacoas, y aparcamientos ilegales que tenían en sus fincas de recreo. Adelante con el I.F. Vicente Fuentes Fuster