He nacido en Crevillente y a todo el mundo quiero
porque son igual que yo, pobres, honrados y buenos.
De Crevillente es la fama de hiladores sin dinero
que cuando no trabajaban no subía el panadero.
De la tienda de la Caballa se traían sin dinero
para pagárselo después cuando les pagara el dueño.
Era una mujer muy buena y con un gran corazón
porque les daba de fiado a la voluntad de Dios.
Comían pan y sardina.
Una sardina para tres,
alpargatas del trapero
y chaquetas que les daba el senyoret.
Solamente había dos fuentes
y se formaban dos colas
donde iban los muchachos a platicar con las mozas.
No se conocía el cine porque no había dinero
con un real de garbanzos que subía el garbancero.
Y cada domingo el tío Gargori y el Marianet ¡torraet, torraet!
Y hacía bando el tío Pedro con una corneta
en el tejado de la tía Mocha y en la cambreta.
¡Bando! ¡Bando! Por orden del señor alcalde
que se presente la quinta del cuarenta y uno.
Al rato subía ¡Bando! ¡Bando! Caballa, sardina, a peseta el kilo
Y bajaban las mujeres a la plaza
con una peseta en el bolsillo.
¡Qué recuerdos más bonitos que quedan a mí de allí!
Cuando se levantaban los hiladores a la madrugada a “polí”
no se oían los relojes porque no habían allí
se oían los “parpals” cuando se levantaban a “polí”.
¡Qué recuerdos más bonitos me quedan a mí de allí!
Luisa Manchón Penalva “La Quinzeta”
Poetisa