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Carta de despedida: Gracias Crevillent

Mi primera y fundamental palabra es GRACIAS. Vosotros me habéis dado a mí más que yo a vosotros. He aprendido mucho en Crevillent, y he recibido muchas atenciones y cariño de vuestra parte. He conocido por dentro una parroquia bastante viva, con mucha participación. Personalmente he trabajado para que esto creciera, pero ya estaba cuando llegué. Antes que yo viniera ha habido sacerdotes que han trabajado duro y con cabeza, y ha habido un pueblo crevillentino en el que muchas personas han respondido con generosidad y han colaborado también en este esfuerzo.

He conocido por dentro un pueblo trabajador y emprendedor, pero que ahora está todavía en el bache de una economía industrial que se ha venido abajo. Asistí a la caída de varias de estas empresas al poco de llegar aquí. He compartido el sufrimiento de tantos jóvenes a los que cuesta encontrar el primer trabajo, y muchos de ellos han dejado Crevillent para buscarse la vida en otro sitio. Y por las mañanas ¡tanta gente sale del pueblo a su trabajo, pero fuera del pueblo!

He conocido por dentro la Semana Santa, los Moros y Cristianos, particularmente los Benimerins, los Auroros, nuestros barrios, los coros, nuestras bandas de música, TeleCrevillent, l’arròs en pota, el pa torrat i abadejo, y hasta la sierra, a pesar de que mi pierna izquierda no me permite muchas aventuras.

He conocido, sobre todo, a muchas personas y familias, con sus alegrías y sus penas. Se me agolpan historias y rostros. Más cercanos, menos cercanos. Pero todos conocidos y queridos.

He conocido, encarnada en Crevillent, la crisis económica y religiosa que vive nuestro país.

He vivido la hermosa experiencia de trabajar pastoralmente con mis compañeros sacerdotes (vicarios de Belén y párrocos de la Trinidad y San Cayetano). Distintos, pero capaces de colaborar y convivir como hermanos.

He trabajado y he compartido el trabajo con muchas personas de la parroquia, para anunciar a Jesucristo y vivir el evangelio teniendo en cuenta esta realidad.

En los últimos días en Crevillent recibí muchas muestras de cariño y agradecimiento, que yo también agradezco. También he comprobado que mis palabras y mi esfuerzo no se los ha llevado el viento, porque varias personas me han mostrado cómo comprendían mis palabras y mis intenciones. Y me alegro y lo agradezco.

Pero os tengo que decir una cosa. No es en mi persona en quien tenéis que poner la atención. Os diré en quien considero que tenéis que poner la atención:

En las personas en las que nadie o pocos ponen su atención. Pobres, necesitados, enfermos, personas que viven en soledad o que viven cargadas de problemas que no pueden superar por ellas mismas… En esas personas encontramos al mismo Jesús.

Por supuesto en el mismo Jesús acogiendo su Palabra, celebrando sus sacramentos, en el silencio de la oración…

En nuestra comunidad, para hacerla más viva, más joven, más alegre, más participativa, más servicial, más orante, más acogedora, más comprometida socialmente.

En Joaquín, el nuevo párroco de Belén. Os pido que lo acojáis con cariño y que le ayudéis. El ha venido a ayudaros. Pero al principio él necesitará más ayuda de vosotros.

Me duele dejar Belén y dejar Crevillent. Hasta tengo la impresión de ser un traidor. Os siento muy cerca. Os conozco bastante. Y os quiero. “Soc del poble”, decía en el escrito que salió en la última Revista de Semana Santa al año de haber sido pregonero. Y lo decía de verdad. Pero yo siempre he tenido claro que estoy al servicio de la Iglesia, y disponible para lo que me pida. Y no podía poner impedimentos a la petición de un nuevo destino cuando yo, como muchos de vosotros, pensaba que ya no cambiaría de parroquia a mis 67 años.

Una persona me dijo a primeros de septiembre que en los momentos de cambio de un cura aparece clara una cosa: que la parroquia no es el cura, que la parroquia somos todos, y que, en definitiva, el Buen Pastor y el Salvador es Jesús, es Jesucristo, y no la pobre persona de un cura.

Somos poca cosa. Incluidos los curas. Somos pecadores como David, el mismísimo Rey de Israel, y gran Rey de Israel. En su poder creyó poder hacerlo todo, y por satisfacer un momento de pasión cometió adulterio y un asesinato. Somos pecadores, como la pecadora del evangelio, que lavó los pies de Jesús con sus lágrimas, o también el fariseo que invitó a comer a Jesús y despreciaba a la pecadora y al mismo Jesús por ignorante. Nosotros también somos pecadores. Personalmente he tenido muchos fallos en estos quince años, he molestado innecesariamente a personas, he defraudado a algunos que esperaban de mí una respuesta o un comportamiento que no llegó o no fue el correcto… Por eso os pido disculpas y perdón.

Pero a la vez somos grandes. Muy grandes. Como David, que sintió cómo Dios le llamaba la atención porque quería lo mejor para él, y cambió. Como la pecadora, que se sintió respetada, valorada y querida por Jesús, y respondió con un amor diferente y nuevo al que antes había vivido. Todos somos grandes porque Dios nos mira, nos ama, nos acompaña y nos capacita para hacer obras grandes. Cada uno a su medida. Los días de mi despedida los viví como un momento de alegría y agradecimiento por los momentos vividos, pero también como el momento de la cruz. Para algunas personas que cuentan conmigo y se apoyan en mí. Para mí personalmente que me arranco de un espacio que ya era mío y llego a un sitio donde no soy nadie, y donde estoy teniendo que empezar de nuevo…

Pero a Joaquín, vuestro nuevo párroco también le ocurre lo mismo. Acogedlo y acompañadlo. Con él tenéis que seguir avanzando. Trabajad con él en construir en vuestra propia persona a Jesús, a quien seguimos. Trabajad por los pobres, por los jóvenes, por nuestra parroquia, por un mundo mejor y más fraterno. Hacedlo cultivando la escucha de la Palabra de Dios, la oración, la celebración, el encuentro con Jesús, la experiencia de Dios. Un abrazo de corazón a tantas personas con las que he compartido mis últimos quince años.

Miguel Riquelme Pomares

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