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A Crevillent que és un tresor: Una historia de Crevillent (el Club de Tenis)

Cada uno vivimos, a lo largo del tiempo, circunstancias y hechos, particulares y propios, que van conformando nuestra existencia de un modo determinado. Me gradué como arquitecto, en el año 1975, cuando se gestaba, en Crevillent, un proyecto ambicioso que consiguió ilusionar a muchísimos de nuestros paisanos: el Club de Tenis. Formé parte, desde el origen, del grupo de amigos –juntas directivas-, que pretendían que la ilusión se trocara en realidad. Instalamos nuestra sede primero en la calle Estanco, después en la calle del Primero de Mayo, ambas cedidas gratuitamente. Allí nos reuniríamos habitualmente y allí se celebrarían las primeras juntas constituyentes.

Después vendrían asambleas multitudinarias celebradas en el Colegio Primo de Rivera, en la Sala de Conferencias de la CAM, o en la MUTUA ILICITANA. Quinientos socios, cuanta ilusión… todo el pueblo! Algunos, salvando las distancias – y lo digo con la pretensión de que nadie se ofenda-, comparábamos la gesta con la que se había vivido, tiempo atrás, con el nacimiento de la, muy querida, Cooperativa. Son tantas las experiencias vividas, desde entonces hasta hoy, que me resulta imposible sintetizarlas en este breve artículo. Me limitaré a decir que, a lo largo de sus 39 años de vida que hasta ahora han transcurrido, cada junta directiva, cada socio, puso su empeño –y en ocasiones su firma como avalista-, en la consecución del logro de esta magnífica gesta.

Me limitaré a citar algunos hitos que, para mí, han sido relevantes: La compra de los terrenos en El Caxapet, la construcción de las pistas, aún no teníamos donde ducharnos; los primeros vestuarios; el primer porche-lugar de reunión, en el que celebrar las victorias, o no; El primer chiringuito en el que Vicente –Peanca para los amigos- nos preparaba unos magníficos almuerzos con tortilla, tomate y magra; con Trino ocupándose de las pistas –Trino, la uno!-; con la construcción de la Sede Social -con piscina, vestuarios y jardines-, en la que Crevillent acostumbró a celebrar sus más importantes fiestas y celebraciones al aire libre y, allí, nosotros fuimos conformando, poco a poco, un nutrido grupo de amigos que, además de jugar al tenis, encontramos un nexo de afecto que, hoy, perdura. Pronto, Antonio Gomis nos propondría un trofeo sencillo con la pretensión de potenciar la amistad a través del tenis: el Trofeo Perola. Sencillo hasta en su nombre, aunque grande en su recorrido -32 años de pervivencia-, y también en la consecución del fin primordial: fomentar la amistad. Tendríamos camisetas que él mismo diseñaba.

Después, otro patrocinador, también amigo y miembro del grupo: Juan, al que Manolito, el Tomata, compondría un corrido. Antes, éste, había compuesto otro, al propio club, que todos entonamos. Cada año, con la primavera, resurgía con fuerza el Trofeo Perola, gestionado con un potente ordenador personal que, hábilmente, manejaba Pedro y que posibilitaría que todos, alguna vez, fuésemos ganadores.

Hoy aplaudo las reuniones de entrega de trofeos, siempre con Tano como conductor del evento -Senyó escayola-me el bras!-, y con la celebración final con Manolito y Manolo, con sus guitarras, cantando y haciendo que el momento se convirtiese, siempre, en una fiesta: Com el vols, blanc o tinto? No, no, plé i derramant-se!; una fiesta con dominó, canciones y amistad en la que Vicente ejercería, siempre, su condición de capitán bien aceptado por una tropa de la que también hemos formado parte Manolo y yo que, hoy, perpetuamos nuestra amistad, una vez alejadas nuestras vidas de los circuitos del tenis local. Oh tempora, oh more!

No pretende ser este artículo la crónica –amplia y plural- de la Asociación Club de Tenis Crevillente, a la que deseo la mejor vida y la más extensa trayectoria. Me conformo con que, éste, sea el relato de una de las muchas historias posibles en el discurrir del estupendo pueblo en el que hemos nacido y en el que desarrollamos nuestra existencia. Me conformaría con que fuese un pequeño homenaje a todos aquellos que, a lo largo de sus 32 años de existencia, participaron en este, hoy extinto, torneo Perola.

A Manolo, Pedro, Tano, Vicent y Vicen

Enrique Manchón

Doctor Arquitecto

 

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