Curiosidades: La exposición

Hace unas pocas semanas un amigo que reside en una población no muy lejos de la nuestra, nos invitó a varios amigos a visitar una exposición de un renombrado y polifacético artista que tenía lugar en aquella ciudad.

Organizamos un viaje por todo lo alto, desayuno a la llegada, visita a la exposición, comida, etc.

La exhibición estaba montada en una antigua casa señorial de aquel pueblo. La casa había sido completamente restaurada con un gusto exquisito. Todo como fue en sus días de máximo esplendor: mobiliario de época, cocina con todos sus utensilios, cuartos de baño con sus accesorios. Sólo ver la casa ya justificaba el viaje.

El famoso, polifacético y renombrado artista, nos resultó ser completamente desconocido. Aunque esto no nos sorprendió mucho, pues ninguno de nosotros estábamos metidos en el mundillo del arte. La exposición era casi una excusa para hacer la excursión.

Como he dicho, la muestra estaba repartida por toda la casa, salones, habitaciones y rincones… Verdaderamente, el artista era genial: había pinturas de un realismo asombroso y también abstractas; dibujos a lápiz, plumilla y hasta con bolígrafo; fotografías, en color y blanco y negro; esculturas a las que le faltaba hablar; otras que nos gustaron, pero no supimos interpretar el significado. Una maravilla.

Seguimos recorriendo la casa. En una de las habitaciones, en el suelo, había dos palés cargados con ropa usada, muy bien doblada y lista para ser enviada por camión. Como la casa tenía varias utilidades, además de servir como lugar de exposiciones, pensamos que bien podrían estar allí por ser la habitación que Cáritas tenía destinada para este uso en esa población. Comentamos este hecho con una señora que parecía tener que ver algo con la casa. Acertamos. Su respuesta fue un poco desconcertante (por definirlo de alguna forma): Los dos palés con ropa usada formaban parte de la imaginación creativa del artista y eran un factor importantísimo para entender el mensaje que la obra expuesta por el autor quería transmitir a los visitantes. (O sea, a nosotros).

En una pared de una pequeña habitación colgaban cinco cuadros; dos de ellos, abstractos; dos que parecían fotografías por lo bien que estaban realizados y un quinto totalmente en blanco, sólo con el marco; ni una pincelada. La señora, que se quedó con nosotros para mostrarnos la totalidad de la obra expuesta, nos dijo que en este lienzo en blanco el autor se había esforzado durante más de tres meses para poder dejar plasmada su idea sobre la nada absoluta. No tuvimos nada que objetar. Eso faltaba. El autor se explicaba con claridad meridiana.

Seguimos disfrutando de la exposición y nos internamos en la cocina. Esta estancia nos pareció interesantísima, nos trasladó a otra época: los fogones de leña, las ollas, cacerolas, tazas de loza, alacenas, mesas, sillas; todo como si los propietarios hubieran abandonado la casa el día anterior. Al meternos en el cuarto donde debía encontrarse la antigua caldera de calefacción, vimos una serie de tubos doblados, oxidados, con telarañas y con aspecto de estar allí desde el día que alguien se llevó la caldera. Pues, no. Estos tubos, con telarañas incluidas, formaban parte de la exposición. En ellos se había querido representar el principio de la decadencia de la familia, que había tenido que prescindir, en primer lugar, del confortable placer de la calefacción en los duros inviernos de aquel pueblo. Con esta explicación no tuvimos más remedio que empezar a comprender la genialidad del artista.

La peregrinación por la casa nos llevó a un lugar donde, incapaces de distinguir la realidad del arte, nos quedamos absortos contemplando tanta belleza, tanto realismo; era tan real que hasta parecía oler. Nuestro embelesamiento duró hasta que una señora, vestida con un guardapolvo azul, empujando un carro en el que había unas toallas y un mocho de fregar el piso, se adelantó a nuestra entrada y tirando de una cadena que colgaba de un pequeño depósito, murmuró al tiempo que se oía caer del agua: Ya no tiran de la cadena cuando lo usan. Serán guarros. Vicente Fuentes Fuster

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