Perdemos las amistades: El valor de las cosas

Las cosas tienen el valor que queramos darle”. Quizás esta frase la dictó un día algún gran filósofo. O no. Lo cierto es que a menudo nadie da el valor que se merece a las cosas. Y especialmente a las cosas más próximas… Para que ello no ocurra, ejemplar es la lucha de una nieta con el legado de sus abuelos. Durante 14 años, en plena jubilación, Antonio Pérez Ferrández y Matilde Maciá Navarro llenaron la pequeña cueva junto a la ermita de la Salud en la que él nació con objetos singulares, tradicionales, únicos, sencillos, humildes, históricos, nostálgicos, fantásticos, útiles… Y todo ello utilizando el saber popular que sus padres, y a sus padres sus padres, y a aquestos los suyos…, les legaron.

El arte de crear con la materia prima que más caracteriza a este pueblo, el esparto, ha sido la gran pasión de este matrimonio. El marido falleció hace unos meses. Y ella, que hoy visita la cueva desde hace un tiempo, ya no se ve con fuerzas de seguir. Lurdes, una de sus nietas, se ha criado entre los objetos del pequeño museo de sus abuelos. Hoy, la joven acompaña a su abuela en la visita mientras coloca en su sitio “sarnachos”, “bufaós”, “gabias”, “espardenyes”, capazos, cestas o alfombras…

Lurdes está muy preocupada por el futuro de aquel rincón encantado. Asegura que «en los últimos meses han entrado cuatro veces a robar y faltan bastantes piezas» de una colección que realmente tiene un gran valor, el sentimental. Bueno, tres. También el autóctono y el etnográfico.

Las creaciones de estos crevillentinos con el esparto recuerdan y resaltan parte de la cultura popular e industrial de Crevillent. Aquella que no debería perderse nunca y que, por desgracia, no tiene cabida en los actuales museos locales. Entre las piezas de este pequeño museo hay verdaderas joyas que explican cómo una aldea agrícola se transformó siglos atrás en un pueblo emprendedor e industrial.

Y la originalidad de los trabajos asombra: Con esparto hay fabricados telares, ruedas de menar y los aparejos del filaó, también creado con esta planta. Animales varios, mesas, sillas, un cáliz de la Santa Cena, una perola y su rasera, un carro y su burrito, columpios, balanzas… «Todo lo que se nos ocurría y nos gustaba lo convertíamos en piezas de esparto», recuerda con visible nostalgia Matilde, mientras ofrece un detalle al visitante: “Nunca hemos vendido nada. No sabría qué precio ponerle a estas cosas”, asegura. Las cientos de piezas de este Museo Etnográfico con mayúsculas tienen un valor muy concreto: “Ofrecemos al que pueda exponerlo donarle todas las piezas sin pedir nada más a cambio que recordar que fueron mis abuelos los autores”, concluye Lurdes.

El pequeño museo etnográfico de Antonio Pérez y Matilde Maciá tiene un gran valor: sobre todo el de hacer reflexionar a los crevillentinos sobre el actual desapego por una tradición cultural a la que todos debemos algo. Crevillent no explica al visitante, ni al escolar, ni a nadie, cuál fue el origen de su esencial industria alfombrera. Y familias como la de Antonio y Matilde cuentan con piezas de un valor incalculable que, con el tiempo, pueden quedar en el olvido. Vicente López Deltell




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