La pasaeta: Se abre la veda en la sierra

En esta época de Otoño en que se abre la veda y los cazadores toman nuestra sierra, los aficionados a este deporte solemos pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, o al menos, eso me sucede a mí. Antaño, éramos una gran cuadrilla de las muchas que había. Comenzábamos la temporada con una gran celebración, por supuesto alrededor de la pertinente “perola d’ arròs” en la Canyà.

Cada uno de los miembros del grupo tenía su cometido como El Vicent el Sarso, el Antonio el Marchantero, el Octavio el Caragol, el Pepe el Gil, el Juanillo y el Juanito el de la Modesta, entre otros muchos.

De la caza, realmente lo que más se disfruta es el compartir ese tiempo con los amigos. El pernoctar la noche antes en la que apenas se duerme, pues todo es contar “pasaetes” y si ese año hay algún “novato”, prepararle una novatada para el día siguiente. Madrugar bien temprano, y antes de que salga el sol partir a la sierra provisto de la escopeta y la canana, el zurrón y los perros. Pues en todo este ritual del cazador, cada uno se encargaba de un menester:

El Vicent el Sarso y el Antonio el Marchantero eran los encargados de matar los conejos y de pelarlos; el Octavio el Caragol, el mejor ayudante de cocina. El Pepe el Gil y el Juanillo, los encargados de los perros y de todo lo referente a éstos. Y el Juanito el de la Modesta, nuestro gran cocinero, era el encargado de la paella. ¡Qué paellas tan maravillosas hacía! Con poca cosa, Juanito te hacía un manjar. ¡Qué apanyat era! En el arte de los fogones se desenvolvía como pez en el agua, no tenía nada que envidiar al mejor menú del restaurante más prestigioso.

Y mi padre, el Patriarca de la cuadrilla, impartía clases teóricas de cacería con perros y hurones. Eso sí, debajo del porche y siempre acompañado de sus chatos de vino. Mi padre tenía el arte de levantarse y sentarse a la mesa y empezar a desayunar una especie de desayuno-almuerzo y… “chino chano” sin parar, empalmarlo con la comida y la sobremesa, todo esto siempre regado con “su vinico”. Y no se levantaba hasta las 5 ó las 6 de la tarde, cuando ya, cual caballo de ranchero, se montaba a lomos de su inseparable mobilette y a buscar su cama para dormir.

Al ver estos días a los cazadores por nuestra sierra, no puedo evitar pensar en los buenos momentos que he compartido, por eso he querido escribir estas líneas como homenaje y en agradecimiento a todos ellos. Joaquín González Durán




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