A Crevillent que és un tresor: Comparsa Beduinos o el 50 Aniversario de La Festa

Coincide el aniversario de la Fiesta con el de la Comparsa Beduinos a la que he pertenecido desde siempre. Sus orígenes están documentados y, salvo paradójicos intentos de extrañas piruetas, son de sobra conocidos. Mi consideración por la tarea hecha hasta asentar la Fiesta del modo en que, hoy, la entendemos. Cada idea precisa del calor que alimente y propicie su alumbramiento; mi reconocimiento a su fundadores. Aún así, no sería razonable que todo elogio quedase limitado a quienes la gestaron. Cincuenta años de vida, con sus inevitables altibajos, no pueden quedar representados con el relato y alabanza de aquellos magníficos visionarios. Esta experiencia no se habría completado sin la imprescindible y estrecha colaboración entre tantísimos festeros y el conjunto del pueblo de Crevillent.

Fue preciso revitalizar los iniciales tópicos que conformaban el entramado de una fiesta de la que desconocíamos todo. Pasaron muchos años para que, por ejemplo, dejásemos de lado, en las noches de celebración, toda aquella hojarasca de rancia poesía, parlamentos en los que se reverenciaba a palmeras mecidas por suaves brisas; a la luna, principal protagonista de una noche estrellada; a mujeres sensuales de ojos rasgados, moradoras de paradisíacos jardines; una Fiesta en la que la pólvora –topicazo al canto- formaba parte de un culinario festín, incruenta batalla, con ausencia de sangre. Una fiesta con carrozas –pequeñas, grandes o enormes… que todo cabe, para mayor esplendor del cargo.

Recurro a mi amigo Luis Veracruz que acotaba la esencia de la celebración: “La Fiesta es mía. Mía y del Félix el del vi; del Tio Ximo y del Jeroni; del Viando y del Xollat; del Manxonet y del Ramón Candela; del Talens y del Jijona; del Doménech y del Drake; del Quini y del Susano… la Festa es, la ha seguido y la mantendrá el pueblo”. Yo apostillaba: “ Clar, Luis… són Festes d’un poble, per a un poble!”. La vida de las comparsas no se habría completado sin la sinergia de los crevillentinos, las comparsas, sus socios, juntas, presidentes, sultanas, capitanes, cábilas, boatos… y derramas. ¡Ah… y la cerveza, bien fresquita!

Sería preciso recordar la depuración de nuestro modo de hacer, convirtiendo, por ejemplo, a cada uno de nosotros –integrante de cualquier fila-, en festeros de una determinada filà, en mi caso, la “dos”, la de “Simago”. Algunos de sus cabos, ignorantes de toda ciencia, evolucionaban haciendo piruetas probablemente conocidas en las “Galas del Sábado noche” de una tele en blanco y negro. Después, con la imprescindible depuración de comportamientos ajenos, la Fiesta generaría cabos, elegantes y trascendentes, que cautivarían a un público que, incomprensiblemente, aún hoy se muestra remiso en el aplauso.

 

¿Y qué decir de la presencia de la mujer en la Fiesta? Cómo no referir el magnífico rol asumido por las mujeres beduinas que, con su elegancia, panderetas y evoluciones, han sido, son y seguirán siendo, el referente de este inabarcable hecho cultural. Sin pretender excluir a nadie, dedico este artículo a mi gente, a mi familia; tanto a la inmediata –con Lui, que formaba parte de aquel grupo de jóvenes intrépidas que, con mucha vergüenza, pero con más ilusión, fueron las primeras mujeres beduinas-, como aquella otra, más extensa, que alberga a todos aquellos que, a lo largo de los años, han hecho posible esta magnífica realidad. Enrique Manchón




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