Historias para contar: El Pinet de los años 40

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A mi prima Dori Fuentes que tanto le gustó siempre el Pinet

Diría que fue el “Roig el Barber”, (Manuel Sánchez Sempere), quien mejor plasmó en sus canciones las excelencias del Pinet de aquella época. En su vals, “I volem recordà” menciona la palmereta de la entrada que nos saludaba cada verano, el viento fresquito que entremezclado con las olas se colaba en las barracas, las toñas que nos hablaban de su dulce gusto… Todo ello merecedor de un monumento que anunciara a todos lo que a este Pinet se venía a disfrutar. El inicio con tintes poéticos: “És el perfum de les fadrines el que mos parla de la frescó”, traía a la memoria la fragancia de las jovencitas en sus paseos por la orilla del mar.

Claro está que, al pasar por la palmereta, ya divisábamos a lo lejos “L´illa Tabarca”, a la izquierda el Cuartel con unos pocos guardias civiles, la vieja torre, arenales, salinas, el mollet, Santa Pola. El mismo paisaje cada año nos parecía más bonito, sobre todo a los jóvenes montados en la baca de un autobús repleto hasta los topes. Otros viajeros en bicicletas, carros por caminos del Saladar, sentían, cuando llegaban, el mismo placer: contemplaban el paraíso donde habitarían durante los días del mes de julio. Acostumbraban los carros salir del pueblo la noche de San Juan para al amanecer tomar el sitio donde montar la barraca. En su caminar iban dejando atrás campos con las típicas hogueras y familias alrededor. De vez en cuando, paradas para “furtar albacores” de higueras cercanas, costumbre habitual permitida por los dueños esta noche. Entre esto y los alegres cantos de “Ja mon anem a on anem tots els anys”, la salida del sol les cogía descargando y tomando sitio para montar la barraca en la arena, a pocos metros de la orilla del mar.

Las barracas en hilera continua separadas por tabiques de estera de junco con sombrajos delanteros y sobre la arena esteras de pleita de esparto, propiciaban una convivencia sana, dispuesta a compartir los buenos momentos. No era extraño ver a dos o tres familias vecinas desayunar churros o rollitos con chocolate. Y luego a media mañana almorzar boga o mujol a la plancha acompañado de un espeso y buen “all i oli”. Un buen baño en el mar disponía al personal a formar corro en el “sombrall” para entre vinos y nugolets templar la guitarra. Rancheras de moda entonces, habaneras antiguas y modernas (“Respirant la fresca brisa”, de Ruiz Gasch), y el mencionado vals del “Roig”, para terminar la sesión con su última estrofa: “I el que no haja vist astò no habrá vist res perquè el mon és el Pinet”.

Las noches estrelladas o con luna, cobijados en el sombrajo, dulcificaban los cantos que duraban hasta altas horas de la noche. Pero, a medida que la temporada tocaba a su fin, se escuchaba aquello tan popular: “Una fa arrós i seba, altra caldero (…), que bé que s’está aquí no pensem en els empenyos que mos deixem allí”. Tras la fiesta de san Jaime, los carreteros despidiéndose “hasta el any que ve” iniciaban el camino de vuelta cantando lo mismo de la ida pero con carga de nostalgia. De todas formas, la fiesta y feria de San Cayetano, la de san Roque, Salud y Ángel servían para continuar la diversión. Y los aficionados al fútbol ir al Campo del Portazgo a presenciar los primeros partidos amistosos del Crevillente Deportivo. Salvador Puig Fuentes




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