Nuestro Arte: El cólera

En la antigüedad, el cólera era conocido en Asia, sobre todo en La India –las aguas del río Ganges estaban muy contaminadas y se habla de dicha enfermedad en libros antiquísimos. En las poblaciones asentadas en la orilla del citado río y en la isla de Goa en el año 1817 hubo una mortalidad tremenda. En Grecia, en la época clásica, se habla del cólera en los escritos de Hipócrates y Galeno. En el año 1830 esta enfermedad llega a Moscú y después siguió avanzando por toda Europa.

En España, el cólera entró por Galicia y en Inglaterra llegó en el año 1831 por Medway a causa de los marinos y viajeros que iban en los barcos procedentes de Riga. A Londres llego en 1832 durante el mes de febrero y en ese mismo año mueren en la isla 5.432 personas. Hubo una segunda epidemia en 1834 que llegó a Francia 1835 y en el año 1837 llega a Malta que pasó a Egipto, Argelia, Túnez y Marruecos. No solo fue una enfermedad Europea sino que pasó a América y Canadá. Sobre todo afectó en Philadelfia. Esta enfermedad es infecciosa, intestinal, provocada por una bacteria que se encuentra en el agua y que produce una diarrea caracterizada por deposiciones semejantes al agua de arroz y con fuerte olor a pescado, con gran cantidad de sodio, bicarbonato y potasio produciendo rápidamente la deshidratación y la muerte. La enfermedad fue descubierta por el italiano Filippo Pacini en el año 1854 en Londres. Éste fue acotando la ciudad de Londres para ver cuál era la zona más afectada. Fue descartando áreas hasta que le quedó solo una zona que era una plaza en la que había un pozo. Allí iba la gente a sacar agua para beber y ésta estaba contaminada. Se descubrió la causa de dicha enfermedad: eran las heces de los gatos que hacían en los tejados las deposiciones y después, al llover, iban a parar a los pozos. Así se infectaban las aguas. En España tuvimos dos coleras. Uno en el año 1857 y el siguiente en el año 1888. Yo tengo referencias del último que padecimos aquí. La gente moría deshidratada con gran entumecimiento de piernas. La muerte era cuestión de horas. En mi familia murió alguna persona como mi tía Amalia, hermana de mi abuela paterna y también una cuñada de ésta llamada Francisca. Había gran temor a esta enfermedad. Los gemidos eran como aullidos. Los carros de labranza llevaban a los dueños de las casa al cementerio. No había protocolo religioso ni responsos ni nada. Habían hogueras en la calle para purificar y ahuyentar el ambiente, se llegó a quemar incienso en las calles. Llegó el día del Aleluya, en el que ya no quedaba ningún enfermo más. La gente agradecida por no haber sufrido daño alguno regalaba objetos a la Iglesia en acción de gracias. Un hermano de mi bisabuelo Ramón regaló a la Iglesia de Belén “Ntra. Sra. del Mar”. Llamada así porque llevaba un pequeño barquito en la mano. Mi bisabuelo Manuel Magro regaló un traje a la Patrona del pueblo, a la Virgen del Rosal. Un traje granate de terciopelo bordado en Bezier (Francia). Mi bisabuela Asunción Cortés Garrigós encargó a su paisano de Onil un Septenario para la Virgen de los Dolores, el que hoy se canta con devoción.

José M. Magro Gallardo




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