Desde Italia con amor: Recuerdo (sólo para nostálgicos)

Dicen que los viejos se olvidan del presente y tiene muy vívido en su memoria el pasado. Las tardes melancólicas, como si una anciana fuera, vienen a mi mente imágenes de una plaza y sus paseantes.

Recuerdo, en mi infancia, lo sábados por la tarde después de la misa de siete, la plaza del paseo de mi pueblo se ponía a rebosar. El tiempo pasó y a la gente dejó de gustarle dar vueltas a una plaza pero recuerdo que hubo una vez en que era así, era la bonita costumbre.

Recuerdo que, por entonces, todo aquel que quisiera ver gente o dar una vuelta tenía que pasar por allí, no había otro sitio. Era un punto de encuentro, los crevillentinos deseaban encontrarse para charlar en el día de descanso. Recuerdo esos días como muy felices, horas pasadas disfrutando del juego, la amistad, la compañía. Si pienso en mi infancia no puedo menos que evocar esta plaza, la Plaza del Paseo.

Recuerdo a los padres con chaqueta y corbata que hablaban de sus cosas, por grupitos, parados o caminando alrededor de la plaza y las madres y tías maquilladas y con sus mejores galas que comentaban de los hijos, la maestra, el anciano que murió o algún que otro cotilleo del pueblo.

Eran tiempos en los que se hablaba mucho de política pues la democracia estaba fresca y, por lo tanto había inquietud y un poco de miedo, pues la inestabilidad política se palpaba y podía ocurrir cualquier cosa, como un «todo el mundo al suelo».

Recuerdo que éramos niños felices, que corríamos a pillar o al escondite, y se sentía en el aire que España se despertaba de un letargo. Hay que considerar que hacía poco que la plaza estrenaba nombre, Plaza de la Constitución, sustituyendo al de Plaza de los Mártires (de la Guerra civil española). Se cambió el nombre porque el país necesitaba concordia y la alusión a los mártires se quería olvidar.

Recuerdo que mi padre –siempre con sus amigos– me daba una moneda de cinco duros y yo me iba corriendo a la tienda de dulces donde había un señor que lo llamaban «el coixet». En un momento dado, en esa tienda de golosinas no cabía un alfiler… los altos o mayores podían ver qué había detrás del mostrador… sino alguien bueno te tenía que aupar para ver. Gastaba mi paga entera comprando golosinas que “el coixet” me ponía en un cucurucho de papel que terminaba con avidez. En esa tienda había un botijo azul para aquellos que tuvieran sed, algo que ocurría a los que corrían como locos en la plaza.

Recuerdo… y es que eran otros tiempos, no hace tanto si lo pensamos bien, pero el tiempo pasa veloz llevándose a su paso encantos como los de revolotear en una plaza, como si fuéramos palomas. Miriam Lafuente Soler




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