Los bienes

Curiosidades, por Vicente Fuentes Fuster

Es sorprendente cómo al paso del tiempo la humanidad ha ido esforzándose para encontrar siempre bienes materiales que le permitieran intercambiarlos por otros que necesitaban. 

Al principio, en las pequeñas comunidades, los individuos que las habitaban se cambiaban entre ellos los productos agrícolas que solían recoger de sus cosechas: te cambio este montón de patatas por ese de melones; este de almendras por ese de avellanas, estos huevos por esos melocotones, etc. 

Las cosas funcionaban bien hasta que un día llegó uno que venía de un lugar más lejano y traía una mercancía desconocida: el pescado. Lo traía en una gran vasija de barro llena de agua. Pues este producto fuera del agua se moría y pudría. Había que consumirlo inmediatamente después de muerto. El intercambiador argumentaba que había usado la última tecnología para matar el pez (así lo llamaba) bastaba con sacarlo de la vasija y él sólo se moría. Después se cocinaba y resultaba riquísimo. Hizo una demostración allí mismo y todos terminaron chupándose los dedos. Nunca habían probado nada igual. Así que, en un rato, cambió los peces por todo tipo de fruta y vegetales que necesitaba. Todos quedaron contentísimos por el negocio que habían hecho. 

Cuando al cabo de un tiempo volvió a la misma aldea a cambiar peces por vegetales, se encontró con la desagradable sorpresa que nadie quería los peces, pues había que comérselos inmediatamente antes de que el agua se pudriese y los peces se echaran a perder. Y, además, no les apetecía comer pescado todos los días. Así que el comerciante no pudo hacer negocio y se marchó con sus peces a otra parte. 

Como era un hombre muy activo e inquieto, empezó a viajar por tierras lejanas y encontró un producto maravilloso. Era un producto muy blanco que sacaban del mar. Lo ponían en grandes montones que al golpearlos con una piedra soltaba pequeños trozos. Estos trozos, al molerlos, se quedaban finos como las arenas de la playa y tenían un sabor muy salado. Era muy apreciado por la gente de aquel lugar, pues servía para conservar los alimentos durante mucho tiempo y además les daba un sabor más agradable. También solían usarlo para trocarlo por lo que necesitaban con las gentes de los pueblos vecinos. El que necesitaba algo, como una piel de animal, fruta, herramientas, madera, etc., lo podía cambiar por este polvo que llamaban sal. Fue tal la fama y el valor que cogió la sal, que el que no tenía productos para cambiar, ofrecía su trabajo personal para cambiarlo por ella. A esta cantidad de sal que se percibía por un trabajo realizado lo llamaron salario. Palabra que ha perdurado hasta nuestros días. 

El comerciante, al descubrir la sal, cambió todo lo que tenía por este producto y se marchó a buscar mercados para cambiarla por otras cosas más útiles, tal como hacían los descubridores de la sal. La sal, como dicen ahora los entendidos en marketing, era el producto estrella, valía para cambiarla por todo. El que acumulaba sal era rico. Cuando se es rico, dicen, que se empieza a pensar en tonterías. Así que los ricos empezaron a cambiar la sal que tenían por unas piedrecitas de colores que eran únicas; después por unos metales dorados que no se oxidaban. Como siempre había gente que quería tener piedrecitas y metales, estos empezaron a ser demandados y apreciados y, aunque no tenían ninguna utilidad práctica, se convirtieron en bienes sólidos. 

Con el tiempo estas transacciones empezaron a complicarse, pues era muy difícil valorar las cosas con ecuanimidad. Pero para arreglarlo todo, llegaron los fenicios e inventaron las monedas: el dinero. Decían que con esas monedas se podía comprar de todo. Además, estaban hechas de esos metales tan demandados que no servían para nada útil: oro y plata. También había monedas para transacciones más pequeñas hechas de cobre, estaño y otros metales que se utilizaban para las compras diarias. 

De esta forma los intercambios se facilitaron muchísimo. Ya no hacía falta acumular sal, ni piedras, ni metales; las monedas eran la solución. Desde entonces, hasta hoy, estamos luchando por el dinero. 

Actualmente, ya no es sólo el dinero lo que tiene valor, aunque sigue siendo lo más buscado, práctico y la medida de todo, ahora, además, hay otros productos también muy valiosos: petróleo, metales de aleaciones varias, valores de empresas diversas, materias primas, divisas… ¡ah! y también dicen que hay algo que se llama Bitcoin y vale muchísimo, pero siento no poder decir nada de ello, pues no tengo ni la más remota idea de lo que es y cómo funciona, tampoco he visto nunca ninguno. Aunque al fin y la postre todo se traduce en dinero; dólares, euros, libras, yenes, etc. 

No obstante, en las grandes crisis es cuando el hombre exprime su cerebro, se sienta a pensar y suele encontrar soluciones. Como cuando inventó el arco y la flecha, la rueda, la brújula, la lavadora… 

Sin embargo, visto como la humanidad se está comportando en esta última y brutal crisis económico-sanitaria, más parecida a una plaga bíblica, donde los fallecidos se contabilizan por miles y nos ha dejado a todos en arresto domiciliario por dos meses -seguramente prorrogables- ha sido muy preocupante observar que la raza humana ha degenerado muchísimo desde su aparición en el planeta Tierra. Esta crisis ha revalorizado hasta lo increíble un producto que no le dábamos importancia en nuestra vida cotidiana. Este producto fue muy demandado desde el primer día y se impuso sobre todos los bienes comestibles y de higiene. Por poner un ejemplo diremos que en algunas comunidades de vecinos implantaron el sistema del trueque para hacer más llevadero el enclaustramiento y salir menos de casa; se cambiaban patatas, por tomates, azúcar, etc. Pues bien, una sola unidad de este nuevo producto estrella del que les hablo, llegó a cambiarse por una docena de huevos, medio kilo de queso, dos litros de leche… En los mercados de valores internacionales llegó a cotizarse por encima del petróleo. Ha sido sorprendente comprobar que lo que más hemos echado a faltar en los duros días de enclaustramiento forzoso, lo que más hemos valorado, no han sido los alimentos o el dinero para comprarlos: ha sido el papel de WC. Para matarnos. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.