Historias para contar: El primer reloj público de Crevillent

La medición del tiempo fue siempre una preocupación constante en la historia de la humanidad. Uno de los primeros instrumentos, el reloj de arena, fue utilizado durante siglos porque proporcionaba mediciones bastante precisas. Consistía en dos ampollas de cristal unidas por un conducto delgado que trasvasaba cierta cantidad de arena de una a otra y cuyo ciclo de trasvase correspondía a una hora de tiempo. La dificultad que entrañaba transportar dicho aparato de un sitio a otro, por ejemplo, para medir las particiones de agua de riego y horarios de los comercios, motivó que se inventaran los relojes mecánicos en el siglo XV. Cien años después, estos habían alcanzado una precisión extraordinaria. Fueron dotados de grandes mecanismos funcionaban como autómatas: su martillo golpeaba la campana dando las horas, medias y cuartos.

El invento supuso un adelanto de gran magnitud en las relaciones sociales de la época. Si para los países nórdicos, controlar los tiempos de aperturas y cierres de talleres y comercios era necesario, no lo era menos para los del sur poder medir las fracciones de tiempo en el uso de su mayor tesoro, las tandas de agua en los riegos. Mediado el siglo XVI se instaló en Elche el que sería mas tarde llamado ”Calendura”, con tan buenos resultados que, antes de terminar el siglo, en el año 1595, esta iniciativa propició la instalación en Crevillent de uno similar, fabricado por el mismo herrero.

Por su interés histórico merece que reproduzcamos el documento de dicho año, redactado en lengua vernácula. “Lo maestre Alonso Gaitan de la Vila de Elig” (…), cobró de “Marti Albadi clavari de les pecunies del consell de la pnt Vila tres cents huitanta reals per una Roda y dos llanternes y una siguenya y un Rallon y huit cuñes y dos peses que portaren de Elig ,(…), y per lo Martell y pesses que per a ell son menester”. La palabra “llanterna” significaba ventana que dejaba ver la esfera del reloj y, sobre todo, propiciaba la escucha de la percusión del martillo sobre las campanas, cuyo sonido debía propagarse día y noche por todo el término. La palabra “siguenya” debía ser la pieza que impulsaba un movimiento circular. “Rallon”, o roldón, era el cilindro con unas hendiduras en las que engranaban los dientes de la rueda.

No cabe duda que fabricar un reloj de estos, de forma artesanal, requería la precisión de un maestro especializado. Desconocemos dónde estuvo ubicado este primer reloj; cuando se instaló no estaba construida la torre de la Iglesia Vieja porque esta todavía no estaba terminada. Un informe del arquitecto Miguel Francia, -año 1769-, sobre el estado de la mencionada Iglesia, al referirse a la torre dice que necesitaba repararse y enlucir sus cuatro paredes, necesitando un cuidado especial ”el cuerpo de campanas”, la parte mas dañada por una centella caída pocos meses antes. Para nada menciona el reloj, lo cual nos hace suponer que hasta dicha fecha estuviera instalado en otro sitio. No sabemos cuándo se puso otro más moderno, el que conocimos hasta mediado el siglo pasado, y que todavía sigue allí (en la torre del Mercado), pero sin funcionar, pero sí nos consta que en el siglo XIX ya estaba. Por la documentación relativa a la contabilidad de la Fuente Antigua sabemos que la entidad pagaba el sueldo de un relojero que iba todas las tardes a la misma hora a darle cuerda, es decir subir las pesas sujetas a la maroma. A medida que iba bajando quedaba enrollada en una rueda que todas las tardes el encargado la hacía girar manualmente hasta subirla al sitio deseado. El mimo con el que se cuidaba era ejemplar. En 1858, el Sindicato Fuente Antigua pagó ”30 reales a dos hombres día y medio y una noche por tocar a mano”. El valor del agua para riego era excepcional, de ahí que en la contabilidad de la Font aparezcan varios justificantes de pagos como uno de 1860 ”21 reales por valor de cuarto y medio de agua por hallarse el reloj descompuesto el día diecisiete de octubre”. Estos ejemplos evidencian que la Font Antiga se hacía cargo de las perdidas de agua por culpa del reloj. Salvador Puig Fuentes




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