La pasaeta:

concha

Concepción González, más conocida como “La Concha la Gallina”, era una mujer que tenía una trapería en el antiguo Crevillent. Este era un establecimiento de compra venta de cualquier tipo de enser o producto que se pueda imaginar susceptible de comprar o vender. Hay que pensar en las necesidades tan grandes que había en época de post-guerra en la que se aprovechaba cualquier cosa. Nada se tiraba. Y la chiquillería de aquella época, tan escasa de medios, iba todo el día casi sin comer, harta de menar, tras lo cual iba a recoger lo que fuera a la Rambla, que era el lugar donde todo el mundo tiraba los trastos que ya no quería.

De ahí viene el dicho tan nuestro cuando algo ya no nos sirve y decimos: “Aixó, per a tirar-ho a la Rambla”. Pues allí iban los chiquillos a buscar cualquier hierro, botes de conserva, alambres, alpargatas viejas de cáñamo, trapos, etc… Cualquier cosa que se pudiera vender.

Lo más preciado de encontrar era el plomo sobre todo de cañería, el cobre o el metal. Aquello era como encontrar un tesoro y se vendía al peso. Iban con lo encontrado a “La Concha la Gallina” cuya trapería estaba situada frente a la puerta sur del lavadero, lo que ahora es la Biblioteca Municipal. Allí dentro todo el material se clasificaba en montones según su especie, había hasta un montón de huesos de dátil. Y es que como digo, se recogía de todo. Recuerdo que los “mañacos” iban con un bote por la plaza, por las calles y Rambla arriba, Rambla abajo mirando al suelo y recogiendo de todo, incluso colillas (como si fuera aquello de “la tonta el bote”). En este establecimiento también se utilizaba el trueque, por ejemplo, si a una mujer le hacía falta algo para su casa o su cocina pues le llevaba a la Concha la Gallina algo para cambiárselo por lo que necesitara ya fuera un plato, una taza, una jarra….etc, para ello tenía allí un mueble con varias piezas de vajilla expuestas.

Una curiosidad, incluso se recogía y se vendía el “garrofín” que es el piñón rojizo que hay dentro de las algarrobas o “garrofes”. Con esto se elaboraba una especie de goma con la que engrosar textiles.

Pues bien, por un puñado de cualquiera de estos objetos o productos, “La Concha la Gallina” les daba a los chiquillos algo de dinero, algún “quinzet”, con el que comprarse alguna chuchería y alguna vez, hasta para ir al cine.

Recuerdo que esta señora tenía un hijo llamado el Paquito el Trapero, que iba con un carro que llevaba unos barandales con piezas de vajilla colgando y las iba cambiando por cualquier cosa de chatarra o por trapos nuevos.

En aquella época podemos decir que funcionaba de maravilla el reciclaje y todo se aprovechaba y así además se contaminaba menos.

La juventud en aquella época trabajaba incansablemente durante la jornada en su puesto de trabajo y después, además, en sus ratos libres recogiendo cualquier cosa que poder vender. Así, con muchísimo esfuerzo de toda la población se fue poco a poco levantando un país asolado por una cruel guerra. En aquella época en que tanta hambre había, recuerdo ver moler las algarrobas, “les garrofes”, y hacer con ellas harina y una especie de leche en polvo con la que se alimentaba a los niños. De hecho, gracias a este fruto se crió en tiempos de guerra a más de uno.Y como homenaje a cada una de estas personas que se han ganado la vida como han podido, incansablemente y con estas profesiones tan particulares, sirva este escrito como reconocimiento a todos ellos. Joaquín González Durán




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