Historias para no dormir: Enfermo de amor

Cuando llegué aquí, hace ya algunas décadas, me sentí como un ciego que acababa de recuperar la vista. Todo era distinto al lugar de donde yo venía: las calles, las casas, la gente, las costumbres, los olores… Tenía que aprender a vivir aquí y la mejor forma era preguntar; preguntarlo todo como si fuese un niño que empieza el parvulario y va descubriendo cosas nuevas cada día. Recuerdo que me llamó la atención aquel hombre, aquel que todas las tardes, día tras día, paseaba frente a la Iglesia: ahora hacia arriba, ahora hacia abajo, para aquí, para allá una y mil veces, sin tregua, solo interrumpiendo el movimiento para mirar su reloj de pulsera y, acto seguido, el del campanario.

-“¿Quién es? ¿Qué hace?”- pregunté no recuerdo a quien.

-“Uf, no sé”- me respondieron- “Está loco”. En ese instante se me ocurrió pensar que la gente no “está loca” sino que “se vuelven locos”; no obstante toda la anécdota quedó en eso y a partir de ese día me habitué a la escena y no le di más importancia de la que nadie parecía darle, se convirtió en algo “típico” del pueblo, algo que estaba allí cada tarde, semana tras semana, mes tras mes, años…

Un día, después de muchos días y, después de comer, salí a tomar un café.

Habían transcurrido muchos otoños desde que vine a vivir aquí y ya podía presumir de conocer a bastante gente del pueblo; tanto es así que, sorbiendo el reconfortante y amargo líquido escuché las lúgubres campanadas de duelo que sonaban desde lo alto de la torre de la iglesia y, sin dudarlo, pregunté (más por hablar de algo que por curiosidad), quien era el difunto.

-“¿Recuerdas a ese hombre que se paseaba frente a la puerta de la Iglesia mirando el reloj?”

-“Sí, claro”. -“Pues ha muerto”.

No dije nada, ¿qué podía decir?, me acabé el café pensando en la eterna poesía: …”que solos se quedan los muertos”, y pensé que podría entrar a la misa y así lo hice. Apenas unas cuarenta o cincuenta personas murmuraban, como una brisa, las oraciones sabidas; me senté y clavé los ojos en el féretro cuando un llanto apagado me hizo girar la cabeza y mirar hacia los bancos del fondo, los oscuros, los ocultos: una anciana menudita lloraba sin consuelo limpiándose las incesantes lágrimas con un pañuelito blanco. Su fragilidad y desconsuelo me hicieron levantarme de mi asiento, acercarme a ella y sentarme a su lado; incluso me atreví a pasarle el brazo por los hombros y sonreirle apenas cuando me miró.

-“¿Se encuentra bien?”

-“¿Me acompañas a la calle, hija?”- consiguió articular.

Salimos y nos sentamos en un banco.

-“Él ni siquiera se acordaba ya de mí”- comenzó a decirme con la naturalidad de una íntima amiga.

-“¿Era familia suya?”

-“Me veía por la calle y no me reconocía, su mente y su corazón no querían reconocerme”, -ignoró mi pregunta.

-“Quizás estaba…”- No supe continuar, tampoco me dejó.

-“¿Loco?”- me miró rápida pero sin reproche.

-“Yo…”.

-“La gente se reía de él, se burlaban incluso los niños, pero él no estaba loco, solo estaba enfermo de amor”.

Hice un respingo y entrecerré los ojos para mirarla y ella me sonrió apenas sorbiéndose una lágrima.

-“Las personas hablan demasiado, hablan sin saber y solo la gente que nos conoció entendía lo que le pasaba, pero esa gente ha ido envejeciendo y muriendo y a las nuevas generaciones les era más cómodo tacharlo de demente que intentar comprender que estaba solo”.

-“Yo… no sé qué decir”- titubeé.

-“Yo no he sabido o no he querido hacer nada”- susurró la anciana-. “Ahora solo puedo llorar en su entierro pero… si tu quisieras hacerme un favor…”. Pidió.

-“¿Por supuesto!”

-“Si alguna vez oyes hablar de él o si alguien se burla de ese hombre, diles que no estaba loco, diles que simplemente esperaba a aquella novia que hace más de cuarenta años lo dejó plantado frente al Altar; diles que me esperaba a mí”.

Me apretó la mano, me regaló una hermosa y tierna mirada llena de lágrimas y se alejó de mi con paso lento, cruzando la plaza hasta desaparecer a lo lejos, entre los callejones de su pueblo amado.

Jamás la he vuelto a ver pero a veces, cuando la recuerdo, lloro por su dolor y por el de su amado.

(Quizas puedo haberme inspirado en personajes reales, pero esta historia es completamente fruto de mi imaginación). Lola García




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