La pasaeta: ¡Qué verde era mi valle!

castellvell

La sierra de Crevillent ha tenido desde siempre una singular belleza debido a sus majestuosas montañas o sus hermosos valles. En mi caso concreto siempre he sentido especial predilección por el valle en cuyo arrullo crecí, criándome mientras contemplaba su belleza: El valle del Castell Vell.

Durante mi infancia y juventud conocí un valle del Castell Vell cuyas plantaciones mayoritarias eran almendros, algarrobos, higueras, uvas de mesa, flores de baladre, perales, albaricoques y algún que otro olivo. Era habitual que las grandes fincas contaran con balsas propias de nacimiento de agua para el riego, como la de mis antepasados: “La finca dels Carafals”, o la finca “del Aznar”.

Aunque hoy nos parezca extraño, antiguamente las lluvias nos eran muy propicias en estas tierras. Recuerdo que era habitual ver la lluvia bendiciendo nuestros campos. No como ahora, en que nos resulta tan extraño y podemos pasar todo un año mirando el cielo sin ver caer una sola gota. Las personas de cierta edad podemos decir que hemos sufrido en primera persona a lo largo de nuestra vida un verdadero cambio climático en la zona mediterránea.

Cuando llegaba la época de lluvias, entre Septiembre y Octubre, bajaba el agua por el Barranc Fort y las fincas adyacentes se convertían en un río caudaloso cuyas aguas saltaban de bancal en bancal, llegando el torrente hasta la Partida del Boch.

Era precioso ver el Barranc Fort vestido de una alfombra rosada por las adelfas o “baladre en flor”, allá donde tiene su guarida el búho real, junto a su margen derecho, a la altura de “les lleixes coloraes”. Recuerdo como una imagen de película ver el agua fluir por su cauce, hasta llegar a la balsa que había en la base del barranco.

Otro paisaje inolvidable de esta gran vaguada, eran los impresionantes atardeceres de febrero durante la puesta de sol. Era una delicia mirar desde la parte este, desde arriba del nido del águila, hacia el oeste a “l’Almoexa”, y ver un manto blanco que cubría todo el valle como si fuera de nieve, envuelto en su vestido de flor de almendro. ¡Una preciosidad!

Otra panorámica maravillosa consistía en otear durante el verano desde lo alto del Castell Vell hacia el Barranc Fort, para apreciar todo un manto verde cubierto de algarrobos, almendros e higueras. Quizás estas palabras sean difíciles de creer hoy en día. Quien lo ha conocido lo sabe. Pero a quien no, le cuesta creer que así fuera en los años de la postguerra. Una época en la que no era necesario el riego porque las lluvias llegaban siempre, cumpliendo su ciclo vital, manteniendo húmedas las raíces durante todo el año. Cada finca plantaba para sus familias sus propios tomates, pimientos, cebollas, habas, sandías y aquellos melones de nuestras tierras tan apreciados por todos.

Es una pena que tanta gente joven de hoy en día, amante de la naturaleza y nuestra sierra en particular, no haya podido contemplar en primera persona paisajes tan maravillosos. Joaquín González Durán




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