Historias para no dormir: ¡No me hables del miedo!

Siete de la tarde de un día de ese mes en que nuestros difuntos nos acompañan. Esperaba, de un momento a otro, oír el timbre de la puerta pues sus amigas eran puntuales. En esos pocos minutos que le quedaban intentó organizar sus ideas pero su mente no estaba clara. No sabía si lo que sentía era miedo, lo que sí sabía era que pisaban terreno prohibido, resbaladizo. Eran un grupo de muchachas de entre 15 y 16 años; chicas ilusionadas, sin prisas, sin más preocupación que planear las próximas fiestas. Con mil inquietudes y cosas por descubrir.

Quizás fue por eso por lo que una tarde hablaban de películas de terror y empezaron a ir mas allá en su conversación hasta que ésta empezó a teñirse de matices esotéricos: hechos e historias populares que difícilmente sus cabezas eran capaces de comprender, de encontrarles un sentido lógico y así, sin mas, decidieron hacer una sesión de espiritismo. Ella, nuestra chica se excusó y puso trabas intentando convencerlas de que no debían jugar con lo desconocido, pero sus amigas se rieron y la llamaron cobarde, y acordaron que lo harían con o sin ella. ¡Qué bonita e ignorante puede ser esa edad! Cuánto dolor provoca que tus amigas de siempre, tu grupo, te deje de lado: que hagan planes sin ti, que no te llamen por teléfono, que formen grupos en el instituto y no te incluyan, que sepas que es el cumpleaños de una amiga y no te inviten… Así pues… – “Está bien. Yo tambien voy”. Aquella primera tarde se limitaron a ir a casa de una de ellas, meterse en su habitación y, con las luces apagadas, encendieron velas por todo el cuarto y, cogidas de las manos, comenzaron a invocar a “quien estuviese allí”. Pero no pasó nada.

Nuestra chica llegó a su casa y dio las buenas noches a sus padres antes de acostarse. Se metió en la cama y se puso música intentando no pensar en nada hasta que el sueño la venció; quiso sacar el brazo de debajo de las sábanas pra apagar la radio pero…, tenía tanto sueño!!! Podrían haber pasado cinco minutos o varias horas pero de pronto sintió mucho calor y abrió los ojos con tal fuerza que hasta sintió dolor. No pudo ni gritar cuando vió el aparato de música envuelto en llamas, lenguas de fuego que llegaban hasta su almohada intentando envolver su rostro.

Lloró, lloró muy fuerte y un alarido salió de su garganta. Cuando sus asustados padres llegaron a la habitación la encontraron bañada en sudor y con los ojos desorbitados, presa de una pesadilla fruto de su propio miedo, así es que optó por no contarlo a sus amigas, esas amigas que hablaban de bombillas que explotaban, sombras en las paredes, ruidos extraños y la sensación de que nunca estaban solas, de que “alguien” o “algo” las acompañaba siempre. Ella imitaba a sus amigas y reía con ellas mientras se repetía una y mil veces: “no deberíamos hacer esto”. Por eso, al cabo de dos semanas aceptó acompañarlas cuando prepararon una nueva “sesión”: esta vez harían lo del vaso en el centro de un círculo de letras y números. Aquello fue tan…

Las seis chicas se estremecieron con el contacto frío de sus dedos sobre el cristal, aquel recipiente redondo que se deslizaba sobre el tablero contestando a las preguntas de las muchachas. Estaba segura de que alguna de sus amigas (porque ella no era), estaba moviendo el vaso, un vaso que se volvió loco a la pregunta de: -“¿Has venido a por alguna de nosotras?”. Tenían que olvidarse de aquello. ¡Era preciso! Los días siguientes fueron horribles, no sabía disociar la imaginación de los sueños, la casualidad de la posibilidad, lo real de lo imaginario y solo sabía que estaban sucediendo de masiadas cosas. Sus pesadillas eran tan nítidas que no parecían serlo: hacía un par de noches, cuando ya estaba dormida oyó sonar su móvil, era un timbre insistente y provocador que le decía “despierta” “despierta!”; abrió los ojos y lo agarró, el sonido seguía y la pantalla estaba encendida pero sin reflejar ninguna llamada entrante.

A la mañana siguiente, de camino al instituto presenciaron un accidente de tráfico y vieron con horror que se trataba del coche del padre de un compañero; el padre salió del vehículo por su propio pie pero el compañero, dos semanas después seguía luchando en la UCI por sobrevivir. Dejó de pensar en ello en el momento en que sonó el tembre de la puerta. -Vamos que ya son las siete y cuarto -apremiaron las amigas- ¿qué te pasa, has llorado? ¡No seas tonta! – Es que creo que están pasando muchas cosas malas y … tengo miedo. – Venga va tía, en serio que es la última vez. La siguiente hora y media fue insoportable y nuestra chica se enfurecía porque las pruguntas de sus amigas se ensañaban con ella: ¿va a sufrir?, ¿llorará mucho en su vida?… ¿Va a morir joven? Se levantó de la silla y salió corriendo de aquel lugar hacia su casa, se duchó y se metió a la cama cerrando muy fuerte los ojos. Tenía miedo. Estaba aterrorizada. Le pesaban los párpados, estaba muy cansada, pero aquellas sombras, aquellas voces… -No tengas miedo – le decían- es todo aire, la vida es aire, el sueño es aire y el aire es quien te hará feliz. Y la sombra de la pared se alargaba hasta agarrarla de la mano. – No quiero ir, -gemía. – Solo el aire te puede liberar, – le susurraban. – Tengo miedo. – También el miedo es aire, es como una espuma, un algodón de azucar que te envuelve y tu miedo desaparecerá cuando te conviertas en brisa. Ven, siente su tacto en tu piel, báñate el cuerpo de su olor, de su contacto, tú eres parte de esa brisa.

Se levantó de la cama y sus pies descalzos no notaron el frío del suelo, se acercó a la ventana e inclinó su cuerpo hacia adelante. Sí, tenían razón, el aire se hacia parte de ella, le hacía olvidar el miedo, le hacía ser libre y querer volar. Volar. ¡VOLAR! Quiso alcanzar todo lo que sus manos pudiesen abarcar, todo cuanto cupiese en su alma y asomó su cuerpo tanto que sus pies se separaron del suelo y consiguió estar rodeada de norte a sur y de este a oeste por aquella espuma, aquella brisa fresca que la iba a liberar. Su cuerpo quedó tan pegado al asfalto que ya no pudo despertar del sueño y comprobar, así, que sus sueños ya habían acabado.

Lola García




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