Historias para no dormir: “Viviendo en un mundo diferente”

Esta es la historia de un planeta, un mundo en el que solo existían dos continentes: Unoxo y Oncolg. Los habitantes de ambos lugares eran iguales: personas al fin y al cabo, pero a los moradores de Oncolg se les podía distinguir por su piel clara y frágil, sus cabezas sin cabello, sus rostros despoblados de cejas y pestañas y la obligación de extremar sus cuidados para evitar cualquier infección o golpe, incluso un insignificante resfriado o un imperceptible «coscorrón».

El vivir en uno u otro lugar no dependía de ellos; tanto es así que, cuando algún habitante de Oncolg podía ir a vivir a Unoxo era una gigantesca alegria, un volver a nacer dando gracias. En cambio, si sucedia al contrario la pena era tan inmensa que creías que podrías ahogarte en tus propias lágrimas, en tu propio dolor; era imposible encontrar la lógica, entender el por qué y las reflexiones eran siempre las mismas: «¿por qué yo?».

Vivía en Unoxo una niña preciosa que acababa de cumplir dos añitos. Tenía unos enormes ojos bordeados de espesas pestañas y una melena azabache enmarcando su carita de ángel.

Cierto día su mamá la llevó al médico en una visita rutinaria pero el doctor, despues de tocar su tripita, miró a la niña y miró a la madre y… decidió que la pequeña debería ir a vivir a Oncolg. Nadie entendía qué había pasado. Era difícil comprender por qué las cosas debían suceder así. ¡Era todo tan cruel! No era justo sacar a esa niña de su casa, separarla de sus papás, abandonar sus juguetes y su habitación para instalarla en un cuarto blanco, impersonal y frío sólo caldeado por las lágrimas y el amor de unos padres desesperados.

La niña fue todo un ejemplo de valentía aún cuando no podía evitar llorar cada vez que aquellos hombres vestidos de verde la sacaban de su cunita para trasladarla, cubierta de sondas y aparatos, en una camilla hasta el quirófano. La niña perdió su hermosa melena, sus pestañas rizadas y el color de sus mejillas pero su sonrisa y sus ojos seguían siendo los de un ángel.

Ha pasado más de un año y, en unas líneas, es imposible condensar tantos sentimientos, solo se puede decir que «Alguien» decidió que esa criatura debía volver a vivir en su país de origen, en ese lugar en donde estaba toda su gente, todos sus juegos, toda su vida; «Él» decidió que recobraria el color en su carita, el vello de su rostro y su espeso pelo negro.

Esa niñita no era distinta a nadie, ninguna persona de Oncolg lo és; no seamos nosotros, los de Unoxo los que les miremos con recelo.

Habría que hacer un puente inmenso: un camino indestructible fabricado con el poder de nuestras propias manos para que los de «aquí» fuésemos capaces de entender que todos somos iguales, que no depende de nuestras costumbres, de nuestros miedos ni de nuestros vicios; que el aire de Oncolg se ceba en muchas más cosas, como lo hizo con esa niña que todavía no había empezado a vivir. Todos somos iguales, no somos ni mejores ni peores que ellos sino que son los de «el otro lado» los que nos hacen ver que las personas que realmente valen la pena son los que, aún llorando al ver una bata verde, luchan por aferrarse a la vida y son gigantes a nuestro lado. No seamos nosotros, los que nos creemos ricos y afortunados, los que les defraudemos porque quizás, mañana, la vida decida que tenemos que ir a vivir a Oncolg. Lola García




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