Nuestro arte: Yo estuve en El Bardo

elbardo

Hace ya más de quince años tuve la ocasión de visitar Túnez. Me hospedé en un hotel en la zona turística de Salambo. Había un metro muy cerca del hotel y con éste me movía de un lado a otro. El primer día fui a visitar la ciudad de Iqa, donde pasé por un gran arco de herradura a modo de arco del triunfo. Una vez pasado este elemento arquitectónico me encontré en medio de una gran calle, muy animada, en la que estaba la Biblioteca Nacional. Pensé entrar a fisgonear en los libros, para ver qué decían o qué concepto tenían de Crevillente, porque los moriscos que llegaron allí habrían dicho algo sobre el pueblo en el que nacieron.

A continuación subí por una calle central hacia la ciudad antigua o Medina. Allí estaba la Mezquita (la mosquee). No llegué a entrar tampoco. Me produjo una gran indignación ver un gran edificio rodeado de columnas de mármol de Paros y con unos capiteles corintios maravillosamente tallados. Pensé que eran reutilizados. Claro está, teniendo Cartago allí mismo, seguramente habrían pertenecido a algún templo principal de alguna de las diosas romanas: Juno, Afrodita o Minerva.

Otra de las excursiones que realicé por Túnez fue al otro lado de Salambo, al puerto donde sucedieron las Guerras Púnicas, donde Cartagineses y Romanos combatieron por la soberanía de Cartago. Allí, la moral se me vino al suelo. Era un puertecito tan pequeño que parecía para jugar los niños. Lo que sí estaba muy bien conservada era la ciudad de Cartago. Las casas tenían fragmentos de columnas y pilastras, así como toda una serie de monumentos, muchos de ellos derruidos por el paso del tiempo o por la mano del hombre.

Recuerdo que todo el mundo me decía que debía visitar el antiguo palacio de los sultanes de Túnez, el Bardo. Este edificio estaba decorado en tonos verdes, azules y dorados. Destacaban las inscripciones en sus paredes. Al verlo de nuevo, esta vez por la televisión con motivo del atentado terrorista contra los turistas, vi que todo estaba muy cambiado y vacío. Quizás también tuvo que ver en aquella impresión la tragedia acontecida, en un lugar que, al visitarlo, me pareció grandioso.

Cuando yo estuve allí, miles y miles de mosaicos adornaban el edificio. Piezas de las antiguas casas de Cartago, que se habían rescatado para llevarlas al museo. Eran muy variados, parecidos al que se encuentra en el yacimiento ilicitano de La Alcudia, y representaban a distintos animales y personas, y estaban provistos de grecas y dibujos geométricos. Algunos eran francamente preciosos.

Había también también esculturas de mármol. Algunas muy grandes, de tamaño natural, que representaban seguramente a divinidades, y que procederían de algún templo.

Había estatuas de las que son conocidas como de quita y pon, de emperadores y magistrados de la época. Esculturas que solían cambiar de cabeza una vez depuesto el personaje.

Ciertamente, el edificio impresionaba. Tanto, que al salir de él escuché a un niño que le preguntó a su padre: ¿Papá, qué es lo más famoso del mundo? El padre, sarcástico y con buen humor, le contesto: La Coca-Cola. José M. Magro Gallardo




coded by nessus

Related posts:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *